Los juegos del hambre, por Nicolás Samper C.

Los juegos del hambre, por Nicolás Samper C.

Columna de opinión sobre el impago a los jugadores de Llaneros.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

19 de septiembre 2017 , 05:14 p.m.

Es muy jarto cobrar. O digo: un ser humano que trabaja no tendría que verse sometido al trámite de tener que pedir que le paguen un dinero que por ley le corresponde. La dinámica resulta aburrida porque los valores se invierten y así no es la cosa. En el mundo real el patrón DEBE consignar el dinero de un trabajo realizado sin que el encargado de la labor tenga que estar agazapado en el marco de la puerta de la oficina para ver si es que por fin el dueño del letrero se digna a hacer el favor de consignar en su cuenta de ahorros los emolumentos necesarios para poder sobrevivir.

Es una costumbre muy de acá esa de pensar que el pago es un favor: o una limosna, o una donación. Difícil que a un colombiano no le haya ocurrido eso de llamar y llamar a una oficina en donde la pelota va para todos lados y las culpas de que no se haga un giro bancario es de todos y es de nadie. Mientras la vida se va entre timbres de llamada en espera o en excusas típicas como que el encargado no ha llegado a firmar los cheques y pues que no depende del que habla por la línea telefónica. Y que además es viernes y si el que firma no ha llegado es mejor esperar hasta el lunes. Entonces dicen que no, que tranquilo, que vuelva y llame el lunes que seguro ese día ya hay una razón. Y el lunes se repite el proceso sin que cambie absolutamente nada.

Lo único que empieza a caminar en nuestra contra es el tiempo, porque las semanas pasan y el dinero que no llega hace que las deudas impagas se acumulen y que haya que cambiar la ruta de llegada a casa porque el tendero que nos quiso fiar de buena fe un par de latas de atún y una pasta nos está buscando para cobrar lo que se le debe y con toda la razón. Y la señora que vende productos de catálogo en la oficina llama a nuestra extensión para ver si ya se le puede abonar algo de la deuda. Y del banco dicen que hay dos cuotas vencidas del préstamo y que nuestro nuevo nombre en la cédula será Datacrédito si es que no llegamos a un acuerdo de pagos. Y en el colegio no dejan montar en la ruta al chino porque es que eso vale plata…

El torbellino a nuestro alrededor se hace insostenible porque uno es inocente y culpable a la vez. Inocente para nuestra conciencia porque el trabajo exigido se hizo y bien, ergo, merecemos nuestro dinero que nos ganamos a pulso; pero culpables porque para el resto que nos ve trabajar a destajo es inconcebible que no paguemos. ¿No que está trabajando tanto, pues? ¡Pague, pícaro! ¡Sea serio! ¿Para qué se endeuda si se va a hacer el loco?

Pasa con más frecuencia de lo que pensamos. Y suele ocurrir con patrones poco serios, inconscientes del valor del trabajo y desagradecidos con sus empleados a los que ven como sirvientes. Hace muchos años me tocó vivir eso: pagaban poco y bastante tarde además haciendo mala cara -como si uno los estuviera extorsionando o robando- y con la desgracia de que el cheque que a mí se me expedía siempre tenía un error. Entonces al llegar al banco -porque uno sin plata y con hambre no mira el cheque- había que devolverse a ver cómo carajo el encargado corregía el error para ver si por fin podía tener algo en el bolsillo. Y cuando regresaba a la oficina el responsable ya se había ido a jugar squash y regresaba en tres días.

Por eso me indigna lo que ocurre con el plantel profesional de Llaneros. Porque me acuerdo de esos tiempos desgraciados.

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