Pelos de punta

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Opinión de Nicolás Samper sobre la confesión del brasileño Ronaldo.

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Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

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30 de marzo 2021 , 02:31 p. m.

Ronaldo siempre es capaz de sacarla, incluso ya no estando en las canchas. Dueño de una historia fantástica, poseedor de un talento especial en el momento de enfrentar los arqueros con una frialdad de definición asombrosa pero sin perder la diversión por el juego -como algunas máquinas que vemos a diario que creen que un gol es un trámite ante la DIAN-, esclavo del drama de sus rodillas, que nos dejaron las postales más macabras a comienzos del 2000 durante un Lazio-Inter, pero con la fortaleza suficiente como para dos años después, conseguir romper aquel número seis inamovible cuando se hablaba de los máximos goleadores de una Copa del Mundo desde 1978, hoy es un flamante retirado que es dueño del Valladolid español y continúa haciendo declaraciones que retumban.

En una entrevista el mágico atacante comentó que aquel peinado extraño que utilizó en el Mundial de Japón y Corea lo utilizó para que la atención de la prensa se desviara en sus devaneos capilares y se olvidaran de ciertas molestias que lo aquejaron en aquel Mundial y que lo tuvieron a maltraer. Es que el viejo sabe más por viejo que por diablo: en 1998 los focos del universo estuvieron sobre su calva cabeza después de que se filtrara antes de disputarse la final de ese torneo ante Francia que una serie de extrañas convulsiones lo habían dejado hecho trizas.

Las especulaciones por esos tiempos apuntaron a todas partes: la supuesta obligatoriedad de disputar ese encuentro aunque no estuviera en las condiciones de salud por cuenta de su contrato con una marca deportiva, el cuerpo médico de Brasil y alguna supuesta mala praxis, el estilo de vida algo disparatado de Ronaldo… tantas teorías a su alrededor. Por eso en el 2002 esgrimió peinado para liberarse y lo pudo hacer.


Eso sí, pidió disculpas porque aquel corte redunda en réplicas por todo el planeta de niños que querían parecerse a él y que dejaron ese flequillo con cierto tinte púbico, en el cráneo de muchos de sus admiradores.


Eran tiempos en los que parecía ser más sencillo distinguir jugadores en el campo y que no fuera a través de sus guayos, como ocurre hoy, cuando todos parecen iguales, como si fueran integrantes de Kraftwerk. En mis tiempos se sabía que Aredes tenía un mechero medio rubio y que el “Mechas” Sarmiento, tenía la misma longitud capilar, pero encrespado. Que Diego Umaña era el del tupido afro y que Gustavo Sotelo tenía pelo liso, pero encocado, como honguito sin serlo. Que no se negociaba el bigote de Gabriel Quimbaya o de Van Tuyne y ni hablar de la barba desordenada de Felipe Nery Franco o la más pulcra de Balbis. Y que el Huevo Gil contaba con un pequeño islote en medio de un profundo mar de calvicie.


Eran otros tiempos. Eran otros peinados. Era otra manera de reconocerse.

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