La factura

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Opinión de Jenny Gámez sobre las diferencias entre Dimayor y Gobierno por el regreso de la Liga.

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Jenny Gámez

Jenny Gámez

Foto: Filiberto Pinzón

26 de mayo 2020 , 10:57 a. m.

No pasó tanto tiempo. Es fácil recordar cuando se fundían en abrazos –mientras todavía se podía- para celebrar una alianza que, sospechaban, sería demoledora: política y fútbol.


La llegada de Jorge Enrique Vélez a la presidencia de Dimayor era la firma del contrato en tiempos en que la televisión auguraba ríos de dinero, había hasta empresas internacionales interesadas en el ‘super producto’ de la Liga local, eran días de comodidad, riqueza, poder… arrogancia.

Pero el coronavirus covid-19 precipitó el final de la función y, más que eso, dejó al descubierto la hoguera de vanidades que habita en el seno de la Dimayor.

Hoy el escenario es tal como aquel que antecedió la llegada de Vélez: un bando de presidentes molesto y desconfiado con el manejo de los recursos, consciente de que la estrategia de ‘divide y vencerás’ premiaba a los adeptos al mandatario y condenaba a sus opositores, y otro lleno de privilegios, producto de su lealtad. Inconformidad total que amenazaba al hoy expresidente. Al final si algo ya sabe Vélez, es que la conducta de la dirigencia no es personal, ni siquiera es contra él.

Lo curioso es que lo supiera desde siempre y acabara repitiendo la historia. No es lo que se espera de un ‘animal político’ que, a la luz de los hechos, nunca vio venir la jugada que hoy amenaza con sacarlo de su cargo, por una razón más bien elemental: no podrá cumplir la función básica de ser interlocutor de la Dimayor ante el Gobierno, nada menos que la principal tarea de su despacho en las actuales circunstancias.

Y su jugada no parecía mala en principio: intentar presionar a través del jefe político del Gobierno un regreso urgente del fútbol, que resolviera las emergencias económicas de unos y las críticas de otros, parecía una buena manera de salir de la presión y recuperarse del ‘autogol’ que fue el retiro de la firma canadiense de la implementación del protocolo, por motivos de ‘indelicadeza’. Se sabía que en el medio el senador iba a generar una tormenta, porque también él se juega su partido, pero eso estaba en el cálculo inicial.

El problema es que quedó un cabo suelto: Ernesto Lucena. El ministro de deporte sería, en el mejor de los casos, el daño colateral de una estrategia que buscaba el regreso de la competencia a cualquier precio. Craso error. Porque hoy, aunque duela, el fútbol es un problema accesorio en medio de la complejidad de la atención de una pandemia y eso fortalece la posición de un Gobierno que aprovechó para dar un golpe de autoridad y, de paso –parafraseando a Vélez-, se cobró una vieja factura: le quitó la voz a Dimayor.

Aquella versión de que es un ‘noticionón’ evitar los intermediarios parece noble, en la medida en que se intenta ver el vaso medio lleno. Incluso efectiva, si es que resulta cierto que, salvado el corto circuito entre Vélez y Lucena, los entrenamientos tendrían luz verde muy pronto. Pero, en rigor, es realismo mágico puro y duro: habría que encajar el golpe con un poco más de altura.

Hoy la situación es más crítica que aquella que soñó la disidencia y más angustiosa para los más leales defensores del poder de turno, pues si el Gobierno sigue sin ceder y decide que sea en agosto o septiembre el regreso del fútbol, como temen algunos, no solo no habrá plata en las arcas de los necesitados equipos, sino que los ingresos, cuando lleguen, se irán en pagar abogados por los contratos firmados e incumplidos po tener dos campeones al año, lo que se antoja difícil de cumplir.

En un mundo ideal y en consecuencia ingenuo, esta sería una gran ocasión para que aquellos que se lucran del espectáculo y presionan por el reinicio, asuman su parte de la pérdida con más empatía que avaricia y se conviertan en los Arturo Calle de esta historia. Al final recuperarán su dinero y lo saben. Como también lo harán aquellos que cancelan contratos a diestra y siniestra, trasladando a los empleados las pérdidas y facturando para ellos solo las ganancias. Lo dicho, ingenuidad pura.

Y a todo esto la factura la paga el que vive del fútbol, el que no tiene otro ingreso ni otra profesión, no sabe hacer otra cosa y tal vez tampoco tenga otro interés que gozar y sufrir por un equipo. Si el círculo de confianza se rompe por el lado de Vélez, como parece probable, tampoco resolverá nada pues las obligaciones y las necesidades crecerán irremediablemente, con y sin él.

En todo caso hoy, como nunca, si a alguien hay que rodear en medio de esta emergencia sanitaria mundial es a la institucionalidad, la del Estado, por supuesto. Sus tiempos tienen que ser los de todos. Sus precauciones y sus dudas pueden salvar miles de vidas y eso vale todos los sacrificios. Se jugará un solo torneo en este caótico año, habrá sedes únicas, se tendrán que ajustar los contratos y las previsiones y muchos serán en parte víctimas. Pero lo que no puede pasar es que en el nombre del fútbol vengan oportunistas a jugar partidos particulares. La prueba es la propia Dimayor, una hoguera de egos que después de esta crisis tendrá al menos una lección de humildad que aprender: la próxima vez, antes de amenazar con facturas de cobro, mejor sanear las cuentas propias.

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