Cinco pequeñas e inservibles historias aleatorias de antaño

Cinco pequeñas e inservibles historias aleatorias de antaño

Nicolás Samper hace una recopilación de hechos históricos en el fútbol mundial en épocas de navidad.

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Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

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22 de diciembre 2020 , 04:49 p. m.

Con este año ya a punto de concluir, con la navidad llena de miedos por cuenta del covid, de mi parte un gran agradecimiento a los que consultaron esta columna que cada ocho días es publicada hasta nueva orden. A todos ustedes les deseo unas felices fiestas en medio de estos tiempos tan oscuros, tan nebulosos, llenos de incertidumbre, esperando que la situación sea mucho más halagüeña en el 2021. Por eso hoy no voy con un texto seguido, sino con algunos pequeños detalles que podrán servir para una charla coctelera, eso sí con tapabocas.

Tofting y la explicación de su temperamento

Gordo, rechoncho, con pinta de jugador de rugby, era un perro de caza en la selección de Dinamarca que jugó la Copa del Mundo en el Mundial que compartieron Japón y Corea en el 2002. Su vitalidad de juego y su temperamento lo condujo al club que en su momento parecía ser la ONU por cuenta de sus variadas nacionalidades. En el mismo camerino en el que reposaban un griego -Giannakopoulos-, un mexicano -Borgetti-, un nigeriano -Okocha-, un senegalés -Diouf-, un español -Iván Campo-, un jamaiquino -Gardner-, un galés -Speed-, un islandés -Jaaskelainen- , se paró Tofting a jugar durante un par de temporadas pero su intemperancia lo llevó a estar cerca de las comisarías y los escándalos. Todo tenía una explicación y durante años se charló sobre los efectos de aquel momento en el que un suceso de su niñez cambió la inocencia por la rabia: cuando tenía 13 años en el que las únicas raciones que se servían con generosidad en su casa eran las de las carencias y las de la violencia, su padre un día decidió asesinar a la madre y luego se suicidó. El testigo de excepción fue Stig.

Iván Kaviedes y sus poderes

Fue para muchos de los que lo vieron un futbolista lleno de condiciones, como de costras en su propia vida. Coleccionista de camisetas -no por convicción sino porque su promesa se iba apagando poco a poco mientras se trasteaba a una nueva divisa, que en total y sin contar segundos ciclos, fueron 18- dejó ir de a migas su virtuosismo por cuenta de la noche, sus líos extrajudiciales, su indisciplina en el campo y por su terrible adicción hacia las mujeres. Alguna vez fue encarcelado por no pagar la cuota alimentaria de su hijo, pero a nadie le extrañó porque su apodo explicaba todo: el inseminador.

Conocer Madrid por todos los costados

Después de Pumas y sus famosos duelos dialécticos con Ricardo Lavolpe -que hay que decir que siempre los ganaba el protagonista de esta historia- Hugo Sánchez se apuntaló como uno de los mejores atacantes de habla hispana. Llegó a orillas del Manzanares para consolidarse como uno de los grandes ídolos de Atlético Madrid: fue pichichi con un equipo que peleaba mucho más abajo frente al Real Madrid y Barcelona, por eso los blancos se lo llevaron hasta el Bernabéu y consiguió ser leyenda: allí ganó cinco títulos de liga con el Real, además de otras consagraciones en Europa. Tras irse a México un corto plazo, volvió a la capital para terminar de quemar sus cartuchos foráneos vistiendo la casaca del Rayo Vallecano, el más querible y modesto conjunto de la capital de España, ubicado en un barrio obrero y que no puede pelear más que la permanencia. A pesar de sus 16 goles en 29 juegos, fue imposible para Sánchez que el Rayo evitara la relegación.

La sociedad Vitaioli

Decidieron enfocarse en el fútbol en un sitio en el que el nivel no es muy bueno: ellos, los hermanos Fabio y Mateo Vitaioli se enrolaron en una de esas causas tan poéticas como inverosímiles que es defender los intereses de la selección nacional de San Marino. Como allá las cifras de contratos son lejanas a las que revisamos en el mercado de transferencias a él y a sus compañeros les toca dedicarse a otras labores para poder subsistir. Los Vitaioli entonces, antes de ponerse los guayos, tenían un bar en conjunto y la administración se la repartían entre ambos. Ya se sabe: un negocio nocturno debe ser vigilado directamente por los dueños si no se quiere quebrar en el intento. La cosa iba bien, pero ante los permanentes llamados de su seleccionado, prefirieron cerrar el negocio e irse por el camino del sufrimiento con su país, tal vez uno de los más débiles en el concierto del ranking FIFA.

Un mágico amigo de juerga

Decir Jorge Alberto González no explica nada diferente a un nombre que se podría repetir eternamente en las extintas guías telefónicas, pero si a ese nombre se le agrega el apodo “Mágico” y se le agrega nacionalidad salvadoreña, el contexto cambia y apunta a ese virtuoso que nunca quiso ser el mejor del mundo a pesar de saber que con su talento podría llegar a serlo. Lo suyo estaba más enfocado a la diversión y no tanto a la exigencia y por eso militar en el Cádiz fue su romance con la vida: la costa, el pescado fresco, las mujeres… esos tres factores son más importantes que un balón de oro. Experto en desoír el llamado del despertador, alguna vez el argentino Héctor Veira fue con un grupo flamenco a despertarlo para que fuera a presentarse a una práctica. Pero más allá del profundo amor que desató en un lugar carente de retos ganadores, en el terreno netamente futbolístico, una de las más grandes victorias que cosechó fue estrechar una muy buena amistad con uno de los más grandes cantaores andaluces de flamenco en la historia: Camarón de la Isla con quien compartió noches de baile y amaneceres de resacas, de risas y de cuerpos inolvidables con caras que jamás se vuelven a recordar.

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