Historia de vuelos

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Columna de opinión de Nicolás Samper sobre temores a la hora de viajar en avión.

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Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

30 de enero 2019 , 11:21 p.m.

Internamente y así no lo manifestemos públicamente, el miedo está ahí latente, tomamos prevenciones porque nadie sabe el destino qué clase de truco quiera hacernos: entonces antes de un largo viaje en avión algunos dan las claves de sus cuentas bancarias a su entorno más íntimo por si la fatalidad toca la puerta.

Otros en cambio lanzan una información aún más macabra: le confiesan a su gente en la mesa del comedor que todavía faltan 10 años para pagar el apartamento y que las deudas de la tarjeta de crédito son altas y con los intereses corriendo. Los que se quedan en tierra y despiden al viajero en el aeropuerto rezan para que no pase nada porque nadie ser el que ponga la cara ante los acreedores si el titular no llega a estar.

En una ocasión una gran amiga mía me contó que en los viajes largos sus padres tomaban diferentes aviones: el papá abordaba a las 4 pm y la mamá a las 8 pm. Entendían ellos en una suerte de lógica muy avanzada que la suerte no es tan mala clase como para que los dos aviones se fueran a tierra el mismo día. Si acaso se cae uno nada más; así el superviviente de la pareja garantiza que los hijos no se queden solos para afrontar las desgracias del mundo.

Es como ese querer gambetear un camino que está marcado por más de que el final de todos es un hecho. Eso causan los aviones. Por eso no sería tan buena idea comprar un carro cuyo anterior dueño fuera Dennis Bergkamp, porque el crack holandés detestaba todo lo que tuviera que ver con pájaros de acero en medio de las nubes y sus trayectos para los compromisos futbolísticos que encaró los hacía en carro y en barco si era necesario. Para depositarlo en la fila b, puesto 4 de un avión había que hacerle la de Murdock a Mario Baracus.

Pero creo que a pesar de las estadísticas, de la seguridad, de la tecnología, la mayoría sentimos algún temor al abordar. Imaginamos ante el primer remezón un desenlace de espanto, o al menos eso me pasa a mí y a la mayoría de los que he consultado. A veces hemos tenido un pálpito, un presentimiento. Y aún así hemos viajado porque en medio de todo creemos que nada va a pasar. Y cuando el 747 o el Airbus pisa tierra, nos reímos de nosotros mismos ante ese pavor súbito que nos atacó antes y hasta nos burlamos de los que aplauden cuando el tren de aterrizaje recorre la pista. Si nos hubieran preguntado dos horas antes, tal vez nos habríamos unido al grupo de los vivaces pasajeros de palmas calientes.

Tantas cavilaciones las hago a partir de la tristeza por el episodio de Emmanuel Sala. El homenaje hecho por el Arsenal al delantero argentino que abordó una avioneta para sumarse al Cardiff y que aún no aparece, es tremendo: el nombre del jugador fue apuntado en la plantilla del duelo que se disputa este martes en Londres. Porque para ellos sigue estando ahí más allá de que el cielo pareció tragárselo.


Por Nicolás Samper C.

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