El whatsapp y los calvos

El whatsapp y los calvos

Columna de opinión de Nicolás Samper en medio de la cuarentena.

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Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

13 de mayo 2020 , 11:12 a.m.

Antes eran 5 o 6 conversaciones. Ahora son 15 o 20 que aparecen en el whatsapp, producto de no vernos con nadie, de tener como único hilo ante el exterior -ese exterior al que por ahora es preferible no salir- el teléfono celular.

Y desde ahí le echan a uno cuentos, lo informan, le mandan cadenas idiotas, videos pornográficos de un peso tal que pueden poner a colapsar la red de la casa -y uno culpable al quererlos descargar también-, consejos de redacción, indicaciones laborales importantes (“se cayó el retorno”, “hay que grabar una cuña”) y también charlas dedicadas al desocupe.

Andrés Charria me propuso que hiciéramos una selección de calvos. Pero con algunas condiciones: no sirven los calvos hechos a propósito, es decir los tipos que se pasaron la máquina con la cuchilla número cero. No valen porque por supuesto no son calvos. Se calvearon que es esa falsa peluca que ahora hoy algunos endilgan con orgullo sin saber cuánto y cómo se sufre y se fortalece un ser humano en el momento en el que empieza a perder masa capilar. No sirven tampoco aquellos que fueron calvos pero que con las maravillas de la ciencia o de las pelucas, cambiaron un horizonte que los dejaba sobre un campo erosionado, al de una germinación súbita de folículos pilosos. Por eso ahí no funcionan Luis Islas o Nery Pumpido.

No, solamente tienen cabida los calvos de verdad: puede que en grado grave de pérdida de pelo o los que cuentan con una tonsura que se posa como una isla en la mitad de sus cabezas; aquellos que tienen entradas muy profundas sin que todavía los vientos del tiempo hayan hecho que el tejado se caiga del techo por completo.

Arqueros genuinamente calvos: ese fue el primer reto. Yo pensé de inmediato en Luis Landaburu, el argentino que anduvo por Colombia en Cúcuta y Bucaramanga y que ya veía cómo las hebras de cabello se desprendían sin pudor de la torre de control. También a la mente se me vino la imagen de Gabriel Puentedura, portero surgido en Atlético Tucumán y que estuvo en River, Temperley y Huracán. Puentedura, con las pocas mechas que le colgaban de su cabeza, se transformó en héroe de Banfield cuando, atajando cuatro penales -tres en la definición desde el punto blanco y uno en los 90 reglamentarios- consiguió el ascenso a primera división frustrando a Colón de Santa Fe.

La defensa era compleja así que hubo que ubicar tres en el fondo: Luis “Huevo” Gil, Víctor Onopko -aquel central ruso del Oviedo a mediados de los noventa- y Cástulo Boiga, lateral que trascendió en Huila y tuvo algún paso por Unión Magdalena.

Cuatro volantes pelados pero con las ideas claras: Yordan Letchkov -el de aquel cabezazo búlgaro que mandó a los infiernos a los alemanes en 1994- Zinedine Zidane (explicar quien fue puede ser una estupidez), Ricardo Bochini (ídolo de independiente, el único club en el que jugó) y Atilio Lombardo -recordado por integrar la Sampdoria de aquellos años 90 en los que alcanzaron el subcampeonato europeo-. Se sumaría a este talentoso mediocampo Alejandro Brand -uno de los calvos más famosos del fútbol colombiano, crack con Millonarios y la Selección Colombia-.

Adelante dos tipos bravos: Oscar Dertycia -que era mechudo como Kempes pero tras romperse los ligamentos con Fiorentina sufrió una crisis nerviosa que le arrancó hasta el pelo de las cejas- y Grzegorz Lato -el goleador del Mundial del 74-.

No importará el rival con esta formación: será imposible despeinar este once ideal.

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