El hincha insoportable

El hincha insoportable

Opinón de Nicolás Samper C. sobre la pasión de los hinchas del fútbol.

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Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

07 de mayo 2019 , 06:48 p.m.

Yo creo nunca haberlo sido aunque de pronto sí; de golpe alguien decide hacer una revisión histórica de mis 42 años de vida y encuentra algún episodio de esos de desenfreno causado por el fútbol.

Es un ser inofensivo la mayoría de las veces, más allá de que camine por una cornisa en la cual puede pasar pronto a otra escala, pero sin duda es un vidrio en la media. No porque realmente haya una afectación moral o sentimental en quien hemos sido víctimas de sus palabras. Es un vidrio en la media porque no es divertido, no cuenta con el humor suficiente para poder aguantar los palazos de otros hinchas tan fastidiosos como él y es un ser humano que al que, cuando se le saca de ese universo confortable de la mofa desatinada, queda sin muchos recursos para poder intercambiar opiniones.

Ese hincha goza más con la derrota ajena que con el triunfo propio. Está más pendiente de lo que pase cada fecha con su adversario lo que resulta extraño: obvio que todos nos reímos si el enconado adversario pisa en falso, pero eso no será nunca lo más importante: generalmente estamos más pendientes de lo que pase primero en nuestra propia casa. Ya después miramos a ver cómo le fue al resto, porque ese es el orden de las cosas en el fútbol y en la vida: primero estoy pendiente de lo mío, de lo que me interesa, después hago el paneo es para ver cómo anda el enemigo. Y listo.

La autocrítica nunca será su fuerte porque si algo ayuda a amistar posiciones encontradas es eso: verse los defectos propios para así incluir los de los demás. Porque a veces a uno lo terminan uniendo más las carencias que las virtudes. Y por supuesto la falta de humor es parte de su ADN: es capaz de insultar con sorna vulgar y rabia ante cualquier parroquiano que no esté compartiendo su misma filiación si es que el destino le ha lanzado buenas cartas, es decir, si su equipo ganó un anodino duelo en casa ante el colero de la tabla y el equipo que odia perdió en una visita que hasta a su propio equipo se le ha complicado históricamente. Acumula lugares comunes y memes traqueados que llegan a los celulares de sus “enemigos” -porque el tipo arranca la cosa así, con agresividad, sin siquiera la inteligencia de saber echar un apunte tan demoledor que solamente queden ganas de aplaudirlo por su ocurrencia- con fruición hasta si su fijación, su némesis, cae en un amistoso. Y es agresivo, casi a punto de irse a las manos si alguien se atreve a joderlo con la misma intensidad que él. Deja de hablarle a sus adversarios sintiéndose ofendidísimo porque en su extraña lógica él tiene todos los derechos; el resto, el deber de aguantárselo. Muchos que militan en sus filas y que comparten con él una pasión llamada equipo de fútbol lanzan denuestos contra él en voz baja. Es como una especie de “soldado vergonzante”. Siempre va al límite -de la insania- y quiere conducir a sus interlocutores a ese terreno que no domina tampoco.

En el estadio putea desde el minuto 1 y nadie sabe por qué o qué. Casi siempre sus improperios van fuera de tono a lo que ocurre en el campo cuando el estadio está en silencio porque quiere hacerse notar: quiere ser el DT que nadie nunca vio y que pierde su talento táctico en las graderías. Y siente una necesidad profunda de quererse hacer sentir. Entonces no solamente insulta feo y sin timming -repito, cuando hay un silencio- o extiende la diatriba después de que la multitud se ha callado. Cualquier cosa le sirve para disparar: las porristas del otro equipo, el pasado, alguna derrota histórica del otro lado, desconociendo el rabo de paja que puede condenarlo en algún instante. Todo enmarcado en un empaque muy ofensivo.

Él, por sus convicciones, creerá que siempre ha ganado la partida y está bien hacerlo suponer eso. Todos, hasta sus propios correligionarios, saben que cada vez que abre la boca va perdiendo 5-0.

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