Calarcá Camargo

Relato de Julián Capera sobre los inicios de Gabriel Camargo en la presidencia del Deportes Tolima.

Julián Capera

Julián Capera

Foto: Archivo particular

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20 de mayo 2022 , 12:17 p. m.

El Cacique tiene corazón. Cuando la lanza ha caído y la cerbatana deja de silbar, Calarcá llora por su tribu. Por lo que les dio, por lo que les falta, porque duele resistir. Porque sabe que cuando todos los demás huyan, él no lo hará. Comanda un pueblo valiente – el Pijao- que se rehúsa a dejar de luchar. El Cacique Calarcá llora porque se enamoró y para enamorarse hay que tener un corazón.

Tres siglos y medio después de los años de Calarcá, llega a estas tierras Gabriel Camargo Salamanca. Lo trae su socio Eduardo Robayo, mayor accionista de Kokoriko y quien por ese entonces estaba construyendo el edificio de la carrera tercera con calle 12 en el centro de Ibagué. El arquitecto de la obra era amigo cercano de Héctor Rivera, presidente del Deportes Tolima en ese momento. Un día de 1979 -uno de esos que cambian para siempre los destinos de las personas y las instituciones- coincidieron los cuatro.

De aquel encuentro surgió la idea de emitir acciones por diez millones de pesos para salvar al equipo. Robayo compró el 40% y Camargo, no muy convencido en principio, un paquete igual. La historia del Tolimita, auténticamente incapaz de competir al dominio de los poderosos, iba a cambiar.

El primer golpe a la mesa fue rápido: ese mismo año, los nuevos dueños sorprendieron a todos con la contratación de Víctor Hugo del Río, el 10 del Once Caldas quien empezaba a ser pretendido por los grandes y que comandaría una de las plantillas más espectaculares que ha visto esta tierra. Aquella que se metió en Semifinales de Copa Libertadores y logró dos subcampeonatos consecutivos del torneo local en tiempos donde resistir era la mejor manera de conquistar.

Y el Cacique se enamoró. Al poco tiempo Camargo le ofreció a Robayo el 50% de la avioneta que tenían en sociedad a cambio de sus acciones en Deportes Tolima. Un romance que, como los genuinos, tuvo ires y venires. Años de arroz con huevo y otros de caviar. Crisis, peleas duras y palabras que no debieron ser dichas, pero siempre lealtad. Cuando todos los demás huyeron, él no lo hizo. Al contrario: fue cuando más estuvo, como en el ascenso de 1994.

Como cuando con recursos propios pagó los planos estructurales para la ampliación del estadio Manuel Murillo Toro, y luego, siendo senador y presidente de la Comisión Tercera, impulsó la aprobación de los dineros necesarios para la terminación de la tribuna noroccidental.

Deportes Tolima ha ganado todos los trofeos de fútbol juvenil y profesional que se entregan en Colombia, incluyendo tres estrellas por sus títulos de primera división, una Copa y una Superliga. En el último año y medio jugó cuatro finales y ganó dos, su plantilla profesional es hoy una de las más amplias y competitivas del país. Sus finanzas son envidiadas por algunos de los equipos más poderosos de Colombia y su sede deportiva propia cumple con estándares internacionales que le permitirán a la ciudad ser considerada para torneos continentales. El Tolimita es ahora el Gran Tolima y mucho tiene que ver con aquel que ha estado al frente.

Gabriel Camargo cumplirá 80 años la próxima semana. La última vez que lo vimos en público, antes de serle diagnosticado el cáncer con el que hoy lucha, no pudo contener las lágrimas y su voz quebrada volvió a declararle amor eterno a esta tierra que llora con él. Un amor de media vida, de una vida entera. Un amor por el que un día se le condecoró con la Orden Caciqué Calarcá y se le puso justo al lado del corazón una medalla con la que su tribu -Pijao- le dice, de nuevo, gracias.

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