El peso del recuerdo
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El peso del recuerdo

Nicolás Samper da su opinión sobre la noticia que sorprendió a Colombia sobre Anthony de Ávila.

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21 de septiembre 2021 , 07:35 p. m.

Todo arranca con la dicha y la gloria a la vuelta de la esquina, porque si tienes talento, el mundo podrá estar rendido a tus pies en el momento en el que destapes el frasco. El mundo hará bien en recordarte cuando ya, viejo, los que no te vieron recreen, a pesar de las distracciones de hoy, en sus mentes los relatos de las grandes gestas vividas. Pero cuídate que la vida es larga y el mejor recuerdo es capaz de desvanecerse ante el primer resbalón. De nada valdrá entonces, haber sido rey, porque tu última acción te tendrá como plebeyo eterno.

Hace poco se fue Jimmy Greaves, uno de los más gigantescos delanteros que dio Inglaterra en todos los tiempos. Jugador veloz y de determinación para no claudicar en sus intentos de gol. Pero si te fijas en él, nadie habló de sus portentosas definiciones defendiendo la camiseta del Tottenham. Claro, es que en aquellos años no había youtube, pero alguna cosa se encuentra de él todavía. Justamente el recuerdo de su mayor momento mediático: el partido del Mundial 1962 ante Brasil, campeona del mundo reinante, y la entrada de un perro fisgón a la cancha para detener todo a su alrededor. Más allá de la persecución habitual nadie fue capaz de contener al dogo juguetón, salvo Greaves, que amaba las mascotas y que aquella tarde en Viña del Mar fue el doctor Doolittle. Como el can se esmeraba en no dejar seguir jugando, Greaves pensó en una estrategia casera que le sirvió varias veces: se hincó, para quedar a la misma altura del perro y que así el animal no se sintiera intimidado. Se fueron acercando poco a poco hasta que Greaves lo agarró para poderlo sacar del campo. Todos sus goles se refundieron para muchos porque la vida lo dejó un poco con el hombre que sacó un perro de la cancha en plena Copa del Mundo. Hay que decir que no se fue invicto porque además Bi -así se llamaba el animalejo- lo meó antes de irse.

Estuvo de buenas Greaves, en últimas. Pudo ser O.J Simpson, que dejó la estela de ser un deportista impresionante y de generar solamente idolatría a su alrededor, a que su último peldaño de notoriedad lo dejara manejando una Ford Bronco blanca huyendo a toda velocidad después de que se descubrieran los cuerpos de su mujer y de un amigo de ella asesinados.

O quedar en medio de los titulares de estos días que sorprendieron a todos, de acuerdo al último recuerdo. Porque si por algo iba a ser recordado Anthony De Ávila era por sus constantes gambetas y velocidad. Y porque, a los 45 años, ya con esa cara envejecida mucho más que lo que dicta el promedio, se dio el lujo de regresar al fútbol profesional y hacerle un gol de cabeza a Santa Fe -de cabeza, ¡de cabeza!- y definir con un toque sobre el portero, un clásico contra el Cali.

Las elecciones propias -uno nunca sabrá bien el porqué de ellas- lo condujeron a que ese recuerdo se modificara. Sin juicio alguno, por supuesto, pero sí con una alteración que es imposible evitar, De Ávila terminó en ese infierno que alguna vez quiso desterrar del escudo de su amado América.

Nunca hay que hablar de una última escena en la vida, porque el destino a veces tiene preparadas páginas más pesadas que hacen que los recuerdos se modifiquen y que pesen más que una condena.

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