El gol como problema

Nicolás Samper hace una oda al típico hincha que, por adelantarse, termina salando una definición.

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Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

13 de agosto 2019 , 04:37 p.m.

Si hay algo que se debe vivir en el momento justo y en tiempo real para que haya felicidad genuina o tristeza real, es un gol. Suena medio pendejo lo anterior, pero ojo que en la vida real no es tan boba la afirmación. Es qué hay cosas que molestan y de la que incluso habremos sido culpables porque lo hemos hecho y una de las que más altera es aquel que está al lado de uno, viendo lo mismo que uno, viviendo el mismo instante que uno pero que le gusta adelantarse a lo que va a suceder.

Difícil ese personaje que cuando hay una jugada franca y cercana a la portería, le da por decir la palabra “gol” sin que se haya marcado. Pocas maldiciones más grandes que esas. Lo que cuesta trabajo entender es esa capacidad de Nostradamus. Lo dicen como si ya fuera un hecho definido y no. Generalmente cuando abren la bocaza y dicen la palabra “gol” en corto, sin extender la letra O como los relatores de fútbol sino atiborrando las letras, juntándolas en una habitación de dos por dos con cocina y baño, -algunos más temerarios apuntan de una vez a la expresión -¡golazo!- es casi un mandamiento que la anotación nunca se va a dar.

Es casi que lanzar un conjuro maldito contra la intención del delantero que ni siquiera ha alcanzado a patear la pelota pero quienes lo estamos viendo alistándose para disparar, ya sabemos que por culpa del hincha que está a nuestro lado y que ya dictó sentencia sobre el destino del partido, esa pelota irá a otra parte.

Pegará en la pierna de un defensa, rozará el dedo meñique del arquero que alcanza a desviarlo al córner, reventará el travesaño o se irá a la segunda bandeja de la tribuna que está de espaldas a la portería. ¿Gol? Ni lo sueñe, si el vecino lo grita antes de que se presente. Es cuestión de hacer cálculos sencillos. Cada vez que la vida me ha llevado a estar en medio de esa circunstancia, el 90 por ciento de las veces el balón no traspasa la línea de gol. Es tan acertado como decir que si uno lanza un bostezo en plena gradería, unos 5 o 6 desconocidos estarán también haciéndolo.

Hay gente que se pasa. Que niega la realidad que se presenta ante sus ojos porque se adelantaron a concluir el final de la película sin habérsela terminado de ver. En un clásico Gimnasia-Estudiantes -la anécdota se encuentra en YouTube- dos hinchas de Gimnasia están pendientes de ver un penal a favor de su equipo: ellas se encuentran en la tribuna popular opuesta adonde se dio el penal y a su favor la visión no es la mejor. El jugador patea y la pelota se va afuera. En la tribuna los fanáticos de Gimnasia se agarran la cabeza, se toman la cara y se quedan masticando la rabia del potencial empate. Lo divertido es que las mujeres celebran el gol y se abrazan. Cinco minutos después ellas siguen celebrando hasta que un hincha, un poco cansado y un poco asombrado, les dice amablemente que por favor no cantes más aquello que nunca ocurrió más que en sus mentes.

Esa es una de las tantas circunstancias que están alrededor de un gol como alegría, y un no-gol como padecimiento.

Otro día hablamos del desgraciado lío de las paredes de los vecinos a los cuales les llega más pronto la señal de tv.

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