El gol que le cambió la vida a Rampulla

Gracias al cabezazo de Camilo Vargas, Nicolás Samper recuerda otros míticos goles de arqueros.

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Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

06 de marzo 2019 , 12:16 a.m.

Camilo Vargas se trepó a una nube y descolgó el balón. La envió al segundo palo de Faríñez y sacó de la manga la mejor cara de un gran portero que aparte de marcar goles, evita unos cuantos cada domingo. La jugada la tiene muy clara: Vargas busca el primer palo y su capacidad de salto hace el resto y además hay un valor extra: cuando sube al área contraria lo hace con decisión, sabiendo que es el dueño de la última oportunidad.

No siempre se trata de un golpe de casualidad eso de que un portero entre a la historia con sus anotaciones. En una noche de fútbol argentino, por allá en 1996, el héroe fue Carlos ‘Chiquito’ Bossio que se elevó entre las torres racinguistas de apellidos Galván y Ubeda y martilló un frentazo imposible para el arquero rival, Nacho González.

Igual al tanto de Vargas frente a Millonarios, la anotación de Bossio se dio en el último minuto, como un recurso final desesperado. Así lo creía la gente pero al otro día de aquella hazaña un periodista de El Gráfico contaba que esa era una jugada que preparaban en las prácticas de aquel Estudiantes de La Plata que por aquello años conducía Daniel Córdoba. El profe, como le decían al excéntrico DT, le mostró un cuaderno al cronista de la revista y le señaló que era la jugada número 13. Así la llamaban, creería yo, porque Bossio siempre utilizó esa cifra en su dorsal.

Muy diferente fue lo de Michelangelo Rampulla: defendía el arco del modestísimo Cremonese, aquel equipo que supo describir perfectamente el atacante argentino Ariel Dezzotti. El goleador sufría en un balompié en el que los equipos chicos pocas opciones tenían y contaba el pobre Dezzotti que cada vez que lograban provocar un córner a favor, se abrazaban los 11 del Cremonese porque eso era tan titánico como anotar un gol. Rampulla se tomó muy a pecho esa leyenda del córner: su club iba perdiendo 1-0 contra Atalanta y ni cerca la opción de buscar la igualada. A Rampulla le dio por seguir su instinto y sin pedir permiso a nadie subió a enfrentar en un tiro libre a su colega, el portero Ferrón. Un compañero vio que no tenía marca y se la mandó directo a la cabeza y Michelangelo hizo lo que no parecía saber. Gritar un tanto en su vida.

No fue apenas eso: al modesto portero le cambió la vida con aquella hazaña del año 92. Salió en todos los canales cuando el mundo no estaba conectado, se gastaron líneas en prensa con él -incluso hoy, en este caso- y su victoria le reservó un puesto impensado para él: lo llamaron desde Turín porque Juventus requería un suplente atinado. Y Rampulla durmió feliz durante una década en uno de los gigantes de Italia, sin afugias, sin necesidad de hacer milagros para salvarse y dando vueltas olímpicas por doquier; eso sí, sin ensuciar mucho el uniforme por andar en las cómodas poltronas del banquillo.

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