Gordo

Opinión sobre la ausencia de Edwin Cardona en la final de la Copa Libertadores.

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Jenny Gámez recortada final

Jenny Gámez recortada final

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11 de diciembre 2018 , 10:11 p.m.

Cuesta imaginar lo que pasa en su cabeza: otra vez fuera del partido soñado, como en 2011, como en Rusia 2018, y otra vez con la certeza de que, en la cancha, bien capaz sería de cambiar la historia. No pudo. Y es siempre la misma película, siempre el mismo triste desenlace, la misma fatal coincidencia… que en este punto ya no parece tan accidental.

Edwin Cardona es hoy la razón de la discordia. El más descerebrado barra brava y el más respetado de los analistas coinciden: ¡se murió de hambre Barros Schelotto con la nevera llena! ¡No se puede dejar a Cardona fuera del banquillo en el partido más importante de la historia! ¡No se entiende qué pudo hacer el colombiano para merecer esta suerte! Los gritos resuenan como en gallinero, vengan de la acera que vengan.

Pero hay una explicación: él. En el Mundial Sub 20, que se jugó en Colombia, debía ser el compañero de James para lograr la hazaña en casa pero resolvió desafiar al técnico Eduardo Lara y perdió. Ya se había quedado fuera del Mundial Sub 17 por una lesión, era su revancha, pero la dejó pasar.
En Nacional, con el que fue campeón en 2011 y en 2014, tuvo tal vez su rol más protagónico. Su aporte fue clave y eso le abrió las puertas de Santa Fe, donde sería campeón en 2012, esta vez siendo más primer suplente que titular indiscutible.

Su llegada al fútbol internacional, tan joven y con tanto talento, terminó siendo a México y no a Europa. Mala señal. En sus tres años con el Monterrey marcó 41 goles: los 31 por Liga lo hicieron finalista pero no campeón. Desde allí, su salida a Boca fue, literalmente, un flotador: el técnico Mohamed lo borró tras una sucesión de peleas, desencuentros y hasta actos de indisciplina y él necesitaba ponerse en la vitrina para el Mundial de Rusia.

En Argentina tuvo un aterrizaje ideal, con título de Superliga a bordo, y aunque no era fijo entre los once, estaba decididamente en los planes de Barros Schelotto. Llegó la hora de la convocatoria al Mundial y él, que era un fijo entre los 23, que tenía en su cuenta goles que valieron puntos en la clasificación (los 3 de la visita a Paraguay, por mencionar sólo un partido), se sacó de la lista por una niñería que la FIFA cobró como racismo con cinco partidos de suspensión.

Entonces algo se rompió. El inmenso dolor de no ir a Rusia lo estampó en sus redes, creyendo que en el año no volvería a sufrir así. Y lo hizo. Se quedó fuera de la Copa Libertadores desde la semifinal y en la final, inexplicablemente, no fue ni al banco.

Y sí, es un hecho que pesa la imposibilidad de seguir en el equipo por motivos económicos (son impagables los 7 millones de dólares que se piden por él desde México). Cierto es que el escándalo con tres mujeres que lo acusaron (a él y a Fabra y a Barrios) de maltrato cayó horrible en la dirigencia. Pero ¿es suficiente razón para prescindir de un jugador clave en el partido más importante de la historia de Boca?

La respuesta se irá con Barros Schelotto, quien eligió para el Bernabéu no tener su extraordinaria media distancia, su admirable capacidad de reacción cuando el resto del mundo se viene abajo, su rebeldía ante la derrota y su actitud tan provocadora cuando nadie, nadie, tiene fe en él.
En vez de usarlo en favor de su equipo, el DT lo metió todo en un saco y lo tiró a la basura. Sin más.

En rigor, hay razones del día a día que sólo el entrenador ve y eso le da una luz de duda a favor. Pero con ese mismo apego a la razón, hay que decir que por muy grave que fuera la falta del colombiano, el interés del club, que incluía un título continental en un superclásico –una oportunidad que difícilmente veremos de nuevo en esta generación-, debía estar por encima de toda consideración, sin excepción alguna.

Será caradura, necio, problemático, tendrá conflictos con la autoridad y no será un ejemplo de disciplina en su cuidado personal. Pero gordo y todo no hubo, sumadas dos finales y un rosario de incidentes, un solo jugador en todo Boca Juniors que le sacara el puesto, que fuera más que él, que tomara la pelota y la hiciera circular o la reventara contra el arco rival con la potencia y la precisión que lo hace él. Lo desecharon y lo pagaron. Y en el camino lo condenaron. El bien superior valía una oportunidad. El perdedor del Bernabéu bien lo sabe ahora.

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