El claxon

Columna de Nicolás Samper en honor a Hernando Ramírez, líder de La Barra 25 de Santa Fe.

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Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

24 de abril 2019 , 03:30 p.m.

Hay sonidos que son inherentes a un estadio pero hay una especie de voces que determinan un ruido especial, un sonido de esos tan característicos como la tonalidad de voz de un cantante que se hace inconfundible.

Me da por poner ejemplos: la voz de Juanes -sea de su gusto o no- cuenta con algo que la hace única e irrepetible. Si usted oye a Juanes, sabe que el que está cantando es él. No hay posibilidad de confusión. Si usted no le gusta el ejemplo de Juanes, hay miles más: José José, Mick Jagger, Barry White… Es un don especial que los hace ser únicos.

En Bogotá desde 1970 hubo una voz de esas bien singulares. Hernando Ramírez, hincha furibundo de Santa Fe, contaba en un documental que para celebrar el cumpleaños de un amigo llamado Francisco Roa, decidieron dos días antes de un clásico comprar numerosas boletas para ir a ver un clásico con familia y allegados. El combo estuvo firme y al final fueron 25 los asistentes que ayudó Ramírez a congregar en el Estadio El Campín para hacerle un homenaje muy especial a Roa. Ese 25 terminó siendo una cifra especial porque cada domingo el rito se repitió, tanto que, ante el fanatismo, decidieron darle ese nombre a una de las barras más tradicionales del estadio.

Con ellos siempre iba un claxon de aire comprimido. Y a esa clase de ruidos futboleros me refería, que son legendarios y que por fortuna siempre van a estar en el paisaje, como las vuvuzelas en Sudáfrica con su zumbido de moscardón digno de Rimsky Korzakov o el pito, que era más una especie de amable flauta desafinada que venía empaquetada en las transmisiones de la Copa Intercontinental de Clubes cuando se disputaba a partido único en el estadio Nacional. Una final de Intercontinental sin ese silbido nunca será lo mismo.

Entonces era ir al estadio a estar pendientes del partido, pero también de la barra 25 y del claxon que manejaba los ritmos emocionales de un partido a favor de Santa Fe. Un contragolpe santafereño marcaba un “ta-ta-tá (pequeño silencio) ta-ta-tá” consecutivo, veloz, más rápido y frenético que cuando el equipo salía al campo en medio de los papelitos para disputar un partido. En el instante en el que los futbolistas santafereños se dejaban asomar en la boca del túnel el claxon también se ponía a dirigir la orquesta de voces de hinchas que estaban congregados. Así era que mientras la gente, alborotada, empezaba a observar a sus ídolos, daba el grito de guerra: “¡San-ta-Fe! ¡San-ta-Fe”. Y en medio, el “tatatá” .

Si un zaguero rival decidía frenar ese contragolpe con malas artes haciendo volar al jugador cardenal en el estadio retumbaba un “Taaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa” sostenido hasta que el árbitro sacaba la tarjeta. Esa segunda cadencia se repetía mucho: si un arquero quemaba tiempo, iba indefectiblemente el “taaaaaaaaaaaaaaa” o si daban un penal a favor o en contra.

La Barra 25 ocupó siempre el sector de oriental numerada, inclinado hacia el sur del estadio de la 57 y es una de las barras más representativas del rojo. Y el claxon que los hizo ser desde siempre una parte importante como banda sonora del estadio seguirá sonando a pesar de que el ideólogo y creador Hernando Ramírez, el mismo que convenció a 25 hinchas de ir al estadio para celebrarle el cumpleaños a un amigo, falleciera en Bogotá a los 88 años.

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