El genio

Columna de opinión de Jenny Gámez sobre el papel de James en la Selección Colombia.

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Jenny Gámez recortada

Jenny Gámez recortada

Foto: CEET

19 de junio 2019 , 11:03 p.m.

Como en la película, la lámpara pasa décadas enterrada en la arena y ni una sola de las tormentas que sufre la sacan de su escondite. Emerge solo cuando es momento de salir a cumplir los deseos de aquel afortunado que la merece sin saberlo y que no tiene muy claro cómo usar tanto poder.

Es Colombia la dueña de la fortuna y James el genio de la lámpara.

Una cadena de milagros hizo que naciera en Cúcuta y no en Venezuela, que su padre adoptivo entendiera la joya que tenía entre manos y que lo fichara un equipo experto en la formación de juveniles –con los contactos necesarios para darle vitrina-, pero de ahí en más todo es mérito suyo, culpa de la magia que emana de su pierna zurda.

James es desde su aparición el hombre que hace la diferencia en Colombia. No son miopes los que pagaron 80 millones de euros por él en 2014 ni los que en el Nápoli hoy, a pesar de tantos desencuentros, insisten en pagar 50 millones por sus servicios.

La diferencia es que el club lo eligen decenas de personas –e intereses- por él, pero la Selección, la decisión de vestirse de amarillo hasta para los partidos de exhibición, la determinan él y un compromiso con su país simplemente inexplicable, probablemente inmerecido.

Se sabe desde siempre pero se disfruta, ahora desde la madurez de sus 27 años, en la Copa América de Brasil.

Una vez apareció contra Argentina, cuando peor lo pasaba Colombia, y parecía que otra vez Argentina firmaría su tradicional paternidad cuando de su mágica bota izquierda salió un inesperado cambio de frente que dejó a Roger Martínez de frente al gol que abrió el triunfo en Salvador Bahía. Un segundo para cambiar una historia.

La historia se repitió contra Catar, cuando logró escapar de una jaula que le montó Catar, aunque fuera a punta de manotazos, empujones e insultos –que también los sabe usar cuando lo fastidian como en el Morumbí-, y a cinco minutos de final levantó la cara y vio lo que nadie más es capaz de ver: no era un centro sino un cachetazo disfrazado lo que haría que Duván lograra levantarse con su potencia para marcar el gol del triunfo, de la clasificación, de la tranquilidad para Colombia. Un pestañeo de los cobardes cataríes, más que suficiente para hacer gala de su talento.

Son 74 partidos, 23 asistencias, 22 goles y distinciones envidiables como un premio Puskas, un título de goleador del Mundial (2014), el tercer máximo goelador histórico con años todavía de ventaja para ser el rey. Número muy fríos para entender el auténtico valor de tener en la tropa propia a un gladiador con una inteligencia sobresaliente, una valentía sin límite, unas ganas inagotables de cumplir los deseos de 49 millones de aspirantes a campeones de alguna cosa que hoy, más que nunca, se ilusionan con la Copa brasileña. Quiere ganar por él y para su país. Ya puso a Colombia en cuartos, líder de su zona y en el podio de los favoritos. Es momento de volver a frotar la lámpara.

Jenny Gámez A.
Editora de Futbolred
@jennygameza

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