El mito Belanov
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El mito Belanov

Nicolás Samper habla sobre una de las grandes sorpresas en la entrega del Balón de Oro.

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Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

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02 de diciembre 2021 , 01:00 a. m.


¿Merecía Messi el Balón de Oro, el séptimo de su trayectoria llena de triunfos y éxitos? ¿El ganador debió ser en realidad Robert Lewandovski, el implacable goleador del Bayern Munich, que se vio perjudicado en el 2020 por la suspensión de la ceremonia por cuenta de la pandemia y que además es el máximo goleador histórico de la selección de su país y que contribuyó a la eclosión del Bayern, encumbrado como el mejor equipo de los últimos años? ¿El eficaz Jorginho, ganador de Champions y de Eurocopa, estará condenado a no llevárselo nunca porque su labor es más de sacrificio que de lujo y lo segundo vende más? ¿Hay una especie de conspiración para que Messi, que representa al PSG, cuyo presidente es Nasser Al-Khelaifi, de origen qatarí, venciera en la disputa del trono para darle un empujoncito cariñoso y una caricia de popularidad al inviable mundial de Qatar?

Aún estas preguntas y teorías conspirativas siguen rondando en las discusiones futboleras y eso habla de que este trofeo sigue intacto en cuanto a generación de contenido. Esta columna es un clarísimo ejemplo de ese hecho. Pero mientras la controversia y los merecimientos siguen enfrentándose para dilucidar a más reciente ganador -recordar que Cristiano Ronaldo, en puchero primoroso, se bajó de la premiación porque sintió que no iba a conseguirlo- hubo un año en el que en realidad hubo una sorpresa en la obtención del galardón, porque convengamos algo: no termina de sorprender que Messi lo gane. Antes se había llevado seis; tampoco sería llamativo si Lewandovski hubiera sido el elegido. En 1986 el Balón de Oro la cambió de palo.

Todo por cuenta de un atacante de velocidad infernal y que tuvo su cuarto de hora, suficiente como para encaramarse en medio de sagrados nombres como los de Alfredo Di Stéfano, Michel Platini o Luis Suárez -no el uruguayo, sí el crack español del Inter de Milán-. Respondía al nombre de Igor Belanov y entre sus señas particulares estaba una incipiente calvicie no muy desarrollada, gesto mustio a la hora de enfrentar adversarios y carrera latina en medio del ambiente que lo rodeó en la antigua Unión Soviética. Era el referente de ataque del gran Dínamo de Kiev que conducía el legendario entrenador Valeri Lobanovski y que venció en la Recopa de Europa 3-0 al Atlético de Madrid. El partido, disputado en Lyon, mostró más de cerca al mundo el poder de los soviets y aunque Belanov no anotó ese día, fue la cuota inicial de los que mostrarían los soviéticos en la Copa del Mundo. Zavaron, Yaremchuk, Demyanenko, Kutznezov y Blokhin liquidaron al equipo español que contaba en su formación, entre otros, con Ubaldo Matildo Fillol, Jorge Da Silva, Quique Setién y Tomás Reñones.

El trasegar de Belanov fue alegre en México, aunque discontinuo. La rompió contra los húngaros en aquel triunfo 6-0 -hizo un gol, de penal- y después casi apalanca el milagro ruso con tres goles ante Bélgica. Sin embargo, los “Diablos rojos” pudieron ante la máquina y terminaron venciendo 4-3.

Su traspaso al Borussia Moenchengladbach marcaría su propio declive porque en la Bundesliga no gozó del colectivo que sí disfrutó en el frío de Kiev, pero antes de que su estrella se apagara, obtuvo 84 votos en la elección del Balón de Oro. Gary Lineker, que con el Everton había hecho 38 goles y en el Mundial se llevó el título de goleador, fue segundo en la elección, con 62 votos. El podio lo completó Emilio Butragueño, de magnífico Mundial 86 y estandarte de “la quinta del buitre”, que se llevó 59 votos. Maradona no contaba, a pesar de ser el mejor futbolista del momento porque en esta votación no cabían jugadores que no fueran europeos. Toda una injusticia que gambetearon Di Stéfano y Sívori al ser nacionalizados por España e Italia.

Lo de Belanov fue una chispa en medio de la oscuridad y decididamente él lo sabe: por eso guarda su Balón de Oro en la bóveda de un banco para que así nadie se lo pueda quitar.

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