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Nicolás Samper volvió a vivir un partido de fútbol en el estadio, algo especial para él y su hija.

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06 de octubre 2021 , 06:58 a. m.

Julio Cortázar era un principiante con su famosa “Autopista del sur” en medio de la oreja de la calle 63 con 30, diagonal al Movistar Arena y yendo hacia el oriente. Los carros estaban quietos, como posando para la foto, mientras que el tiempo avanzaba. Ya iban a ser las 4 de la tarde y era el regreso a un lugar que he visitado tantas veces.

Y aunque innumerables, uno siempre olvida lo que significa llegar. El trancón era alto a pesar de ser apenas las 3. Fue una hora de camino lento, de carros pegados uno con otro, de conos policiales que en vez de ordenar la circulación crean embudos dignos de infarto –porque así debe ser cuando a uno le da un infarto–, de angustia al ver que tres metros de avance significan 20 minutos de espera. Nunca es igual, pero casi siempre se repiten esos mismos factores.

La última vez que había ido a un estadio tocaba remontarse a octubre del 2019. La vida me encontró en Montería en un matrimonio, pero era domingo y Jaguares estaba de local, así que era importante pegarse el viaje. Fue 0-1 para el Medellín, entonces dirigido por Aldo Bobadilla y gol de cabeza de Didier Moreno. Desde ese tiempo que no veía un gol en el sitio en el que se producía. Porque antes fue un 3-2 contra el Huila y mientras aguantaba con esmerada paciencia la quietud que desespera, pensaba que en poco tiempo todo cambia: por aquel entonces en Millonarios estaban jugado, por ejemplo, Faríñez, De Los Santos, Carrillo y Juan David Pérez. Y en el Huila defendía la portería Aldair Quintana y estaba en punta Hernán Hechalar.

Vino la pandemia y el obligado receso. El esperar que la pelota se detuviera –como aquellos automóviles detenidos en donde cada uno de los pasajeros estaba tan ansioso como yo– y el volver a barajar en medio de un ambiente desconocido e incierto.

Entonces, tras encierro, vacunas, cuidados, tapabocas en la mano y demás, era hora de regresar, como para reencontrarse con esa primera vez que me llevó a occidental en 1985 gracias al gesto de caridad de un vecino, angustiado porque mi papá era poco futbolero y no le interesaba mucho eso de irse a El Campín.

Rionegro Águilas era el rival, ese que siempre viene a Bogotá a complicar la vida de Millonarios y que, en el historial, desde su irrupción en Primera División y sin importar las razones sociales usadas desde su aterrizaje en la A, tiene una superioridad estadística sobre el local. Pero ya poco importaban esos análisis previos. La idea era volver, era respirar de nuevo el aura mágica del estadio, de sus esquinas, de sus lugares, de sus colores. Era pasar de nuevo por el torniquete para, de repente, encontrar un vomitorio que deja ver lo que ocurre en el campo de juego.

Y fue lindo regresar. Fue lindo volver. Y ganar, también, con la arremetida feroz de un indómito Márquez.

En el intermedio, sin previo aviso, mi hija se puso a llorar, mientras le mostraba cómo se prendían y apagaban las cuatro torres de iluminación.

- ¿Por qué estás llorando, hija, si ya habíamos venido al estadio? le dije, sorprendido.

-Porque este ha sido un día muy feliz.

Eso me contestó. Y yo también estaba cerca de las lágrimas.

Habíamos vuelto. Por fin.

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