Ruta 98

Ruta 98

Opinión de Nicolás Samper sobre recuerdos del fútbol.

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Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

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16 de junio 2020 , 02:20 p. m.

La cita era inicialmente con la ruta 98, esa que decía Timiza-Ley-Américas-Calle 34. En la esquina de mi casa pasaba siempre tipo 1:50 p.m, momento perfecto para confiarle la vida a la buseta afiliada a Comnalmicros y hacerse en la ventana a mirar hacia el horizonte y pensar que esa iba a ser una jornada feliz.

La parada del bus también iba creando una especie de rito necesario, que es el de ir caminando por la vía Las Palmas y bajarse a la altura de Pollo Brujo. Ese era el instante en el que se debía tocar el timbre y despedirse para empezar la caminata desde la carrera 22 hasta la 24 y, a medida que uno se iba acercando, empezaban a sonar las trompetas y se veía a los correligionarios sentados, echándose unas polas previas al juego. Luego, si es que la boleta no daba líos por ser un partido sin mucha importancia, uno de esos duelos que hace que el domingo sea menos negro, el trámite era sencillo: bastaba ir a las torres de iluminación con la plata lista y desde esa extraña catacumba el hombre que atendía daba el tiquete al paraíso.

Ahí ya el resto era ingresar a oriental general y matizar la espera con paleta -mala idea si era de noche porque estaba tan fría, como las noches de fútbol en Bogotá, que era imposible no arrancarse los labios al zafar la paleta de la boca- o con el tinto dulzón que siempre venden en esos termos azules que parecen inagotables.

Lindo rito y linda esperanza previa: a veces la realidad era generosa y correspondía con la expectativa creada en el bus: un triunfo agónico contra Cali, aquel día que Jorge Rayo tapó todo, hasta un penal en el 90, pero en el que le dejó el rebote a la “Nigua” Torres que terminó anotando el gol de la victoria, o aquel día del gol del Nene Díaz a Prono post concierto de conciertos, la noche en la que el balón lanzado por Edison Domínguez rompió por la mitad un aguacero que enfriaba todo, hasta la posibilidad de una victoria en la Libertadores, aquella jornada en la que Alan Valderrama se sacó sus mejores tiros libres ante la portería del hijo del Flaco Rodríguez, que atajaba en Santa Fe. Hubo tantas veces que salía uno más feliz de lo que había entrado…

Hubo días de desgracia: el 7-3, la caída ante el Cali con gol de Toninho, ese 1990 en el que no alcanzó con el puntaje para entrar a las finales luego de empatar 2-2 con América en El Campín, un 0-3 ante un Once Caldas que se regodeó con Tressor Moreno o el día de otra derrota ante Cali, que fue el 2-3 doloroso del 2003. Aquella tarde del tiro de la navaja de Jhon Viáfara y de derrota en casa, o el 0-3 frente al Tolima con tres goles de Anchico…

Luego crecí y la buseta se fue, la ruta ya no era la misma. El carro particular y la adultez modificaron la costumbre, pero nunca el amor eterno por Millonarios, que el 18 de junio está de cumpleaños.

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