Radomir: el cielo y el infierno

Radomir: el cielo y el infierno

Nicolás Samper recuerda a Antic, fallecido. Un DT que vivió las dos caras de la moneda en Atlético.

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Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

08 de abril 2020 , 10:18 p.m.

El arquero Plotnikov estaba con cara de asustado desde el minuto 1. El Vicente Calderón rugía en los cuatro costados y él debía contener toda la pasión de su rival, que estaba a punto de coronarse campeón tras 19 años de desgracias: el sufrido Atlético de Madrid que estaba cansado de vivir tantos tropezones y que tenía lista la consagración en sus manos. Y tenía razón el ruso Plotnikov porque aquel 25 de mayo de 1996 recibió el primer gol en contra a los 14 minutos, obra de Simeone con un cabezazo enérgico, muy al estilo ‘Aleti’.

El juego terminó 2-0 y ese triunfo hizo recobrar los valores de lucha del club a través del entrenador serbio Radomir Antic, que había encallado de manera inoportuna en un Real Madrid de transición, en el que no alcanzó a tener tanta maniobra como para que las papas no se quemaran. Tras un paso por Oviedo, recaló en el Atlético ya limpiando un poco ese pasado merengue que podía atormentarlo. Con el Atlético obtuvo el doblete en esa campaña 95/96, porque también levantó la Copa del Rey. Hizo un equipo muy fuerte en defensa, sacándoles luz a futbolistas que en administraciones anteriores se habían opacado por los malos resultados (caso Solozábal, un central de muy buena técnica campeón con el equipo español de las olimpiadas en Barcelona) que dependía del fogón interno de Simeone y Caminero y de los lanzamientos directos del fantástico Miliko Pantic. Arriba esperaba Kiko -otro campeón olímpico que era a veces más abucheado que aplaudido por culpa de la situación deportiva de la institución- para martillar lo que fuera y destrozar arqueros con su potencia. Ese Atlético, que no era un dechado de virtudes estéticas, contaba con algo mucho más fuerte: el fuego sagrado de los campeones.

Apenas cuatro años después, el rojiblanco de Manzanares estaba viviendo la agonía del difunto -como aquella obra de Esteban Navajas en donde un terrateniente finge su propia muerte para evitar una rebelión campesina en su contra-. Llevaron fichajes que hicieron ilusionar a los fanáticos: Hasselbaink, Solari, Gamarra, Ayala, Bejbl y en el banquillo Claudio Ranieri. Y el equipo nunca funcionó, más allá de un triunfo 3-1 en el Bernabéu contra el Real Madrid. Con el descenso coqueteando muy de cerca, con problemas administrativos graves, con rumores de transferencias que fueron infladas en la contabilidad para enriquecer bolsillos dirigenciales, con Jesús Gil y Gil tratando de recuperar el club de alguna forma -había sido sancionado tres meses para ocupar el puesto de presidente-, con jugadores que de acuerdo a las versiones de aquellos tiempos, no cobraban su salario y que, supuestamente, para cobrarlo debían perder -nunca ningún integrante del plantel habló sobre el asunto y nunca se logró comprobar esta práctica-, se habló de una especie de estratagema de Gil y Gil para enviar al equipo a la B para así poder recuperarlo. Y en medio de ese huracán quedó Antic, al que las circunstancias externas le impidieron la salvación.

Con el Atlético, Antic escaló hasta lo más alto y conoció también el olor azufrado de las catacumbas del infierno, al caer -qué paradoja- en cancha del Oviedo para despedirse de la primera división. Pero así como el serbio fue uno de los causantes de la gloria del 96, tal vez fue uno de los menos responsables de la caída al foso del 2000.

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