Primera cita

Julián Capera recordó cómo fue la primera vez que fue al estadio. Se enamoró completamente.

Julián Capera

Julián Capera

Foto: Archivo particular

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10 de septiembre 2022 , 02:21 p. m.

Corazón en la garganta. Su latir se sincroniza con el eco de los bombos que vienen del sur. Mi mano pequeña y sudorosa parece resbalarse -como una barra de jabón- de la mano de mi padre. Me cuesta seguirle el paso, pero lo intento. Sé que vamos tarde para mi primera cita.

La jornada de clásicos del fin de semana anterior en Colombia dejó varias postales dignas de fondo de pantalla. Sin embargo, hay una imagen en particular que me empujó sin mucha demora a recordar la primera vez que viví algo parecido. En el estadio Alfonso López de Bucaramanga, bajo un aguacero violento que obligó a suspender el partido, un padre con camiseta del local extiende sus brazos para abrazar a sus dos hijos bajo impermeables. El amor en tantos idiomas.

El año es 2001 y el lugar es el centro de Ibagué. Más exactamente la calle 14 entre segunda y tercera: ‘La Calle Bonita’, a una cuadra de la plaza de mercado. Los protagonistas: un niño que aún no cumple siete, su mamá -con cuatro meses de embarazo- y su papá. Ya tenía puesto el uniforme completo: camiseta ‘Cerveza Perla’ con el 9 de Elson Becerra en la espalda, pantaloneta amarilla más arriba de las rodillas y medias largas del mismo color. El viejo radio Sony sintonizado en 1180 AM: Los Dueños del Balón de RCN Radio y la misma ilusión de cada ocho días por esas horas. Qué al fin llegara el día de la primera vez.

El sonido de las llaves encajando en la cerradura y la carrera por el pasillo, que en ese entonces tan largo se me hacía, para recibir como todos los días a mi papá. Se acurrucó y sacó del bolsillo de su camisa dos boletas. ´DEPORTES TOLIMA – AMÉRICA DE CALI. OCCIDENTAL NUMERADA´. Corrí por todo el apartamento y le di varias vueltas al comedor. Solo las palabras de mi madre manifestando que tenía un antojo urgente detuvieron mi carrera. Mi hermano en gestación, tan hincha como yo desde ese entonces, obligaba a su organismo a pedir con desespero un salpicón. El problema era la hora, parecía ser una cosa o la otra: ir al estadio o salir a conseguirle la pócima tropical que saciara su deseo.

Nunca vi correr tanto a mi papá. No sé muy bien cómo hizo, pero a las 3:30 en punto estábamos escalando por dentro el Mamut. Lo que vino después se tatuó para siempre en mi alma. La inmensidad del cielo contrastando con el tapete de verde césped contenido por las perfectas líneas de cal. Extintores, banderas, trapos y rollos de papel. De banda sonora los coros engordados por miles de voces lanzando al viento canciones que son gritos de batalla y, a la vez, poemas de amor a un escudo y una camiseta. A una tradición y una región. A mi lado, mi viejo. Estrechándome contra su pecho como aquel hincha del Bucaramanga con sus dos pequeños.

Ese día Jorge ‘La Brocha’ Vidal le marcó tres goles al América. Era el Tolima del que tenía una foto pegada con plastilina detrás de la puerta de mi cuarto: ‘Chito’ Torres, Ricardo Ciciliano, Antonio Saams, Justiniano Peña, Roller Cambindo, ‘Guama Cardona’ y el tipo que me enamoró del fútbol: Elson ‘Chocolatín´ Becerra.

Al salir del estadio, batalla campal entre hinchas de ambos equipos. Piedras y palos zumbando cerca. Me temblaban las rodillas del miedo y mi papá corría en busca de refugio para que los gases lacrimógenos no nos alcanzaran. Nunca después lo vi correr tanto.

Al llegar a casa me explicó que la razón de no haberme llevado antes al estadio tenía que ver justamente con la escena que vivimos al salir. Me preguntó que si a pesar de eso quería volver. ‘Ojalá pudiera ir todos los días de mi vida’, le contesté.

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