Emociones en tiempos de tristeza

Emociones en tiempos de tristeza

Nicolás Samper desenreda sus recuerdos futboleros, en épocas duras, de encierro por el coronavirus.

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Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

25 de marzo 2020 , 12:26 a.m.

La primera vez que fui a El Campín, por ejemplo. Pucha si es difícil sacarse ese recuerdo que aunque cada día se distorsiona más -como cuando alguien se nos muere y nos cuesta volver a oír su voz en la mente- trato de aferrarme a eso, a ese 6-1 ante el Bucaramanga en el 85, a esas pequeñas pero grandes cosas que nos hacen sentir que la llama interna está lejos de apagarse porque hombre, es así. En tiempos de oscuridad hay que volver a nuestra mesa de noche portátil, que es la mente, a rebujar entre el desorden para recordar los momentos bellos.

La última vez que entré a un estadio, por ejemplo, hace parte del recuento. Fue en octubre del 2019, al Jaraguay de Montería. Parecía fácil en ese momento ir a ver fútbol porque, en tiempos lejanos al covid-19 las restricciones se las ponía uno mismo. Y recuerdo mis compañeros de travesía aquella tarde del gol de Didier Moreno que le dio el triunfo a Medellín porque fue la última vez -por ahora porque ya volveremos- que estuve -que estuvimos- sentado ahí, In Situ, donde la pelota da vueltas y vueltas: Catalina Aldana, Tatiana Benavides y Guillermo Arango se dejaron convencer esa tarde. Y qué lindo que me siguieran la cuerda porque como, parafraseando a Ketama, vivimos la vida igual que si fuera un sueño, pero que nunca termina.

Recuerdo la primera vez que llevé a mi hija al estadio. Y en el carro rezaba porque Millonarios ganara y no tener que dar explicaciones a una niña de 4 años sobre lo importante que es la derrota como forjador de personalidad. Para eso va a tener la vida entera, pero esa tarde no podía ocurrir nada diferente a la lógica: ¡Millonarios tenía que ganar o si no todo iba a derrumbarse! Los muchachos no decepcionaron: dos de César Carrillo y uno de Juan David Pérez ayudaron -aunque con sufrimiento- a irnos felices del Campín con un 3-2 ante el Huila en la bolsa.

O el 7 de marzo del 95. Llovió antes, durante y después de la larga fila que hubo que aguantar para ver cómo Édison Domínguez pinchaba el globo golty a un ángulo de esos imposible que dejó desairado al imponente ‘Supermán’ Vargas, ese que tantas veces vi atajando con la camiseta de Independiente en las páginas de El Gráfico y que el destino lo dejó mirando un chispero en la 57 con 30 uniformado con la casaca de la U de Chile.

A veces aparecen jugadas de partidos anodinos pero que nunca se irán: un taco increíble de Julio César Uribe en una tarde soleada en la que el peruano jugaba para Envigado; la doble volada de Carlos Arias, el arquero uruguayo de Santa Fe, en medio de un borbollón durante un clásico, el pique de Iguarán, ya veterano, en el que sacó 20 metros en dos segundos a un atónito James Aguilar, un trompo de Rubén Darío Hernández ante Quindío, una atajada impresionante de Cancelarich en un duelo frente a los peruanos de Alianza Lima con un cabezazo al piso de Gerson Lente y que agarró sin dar rebote y hasta una vez que preso de la locura Lincoln Mosquera, tapando para Quindío, salió con balón dominado y gambeteando gente hasta media cancha, tratando de alentar a sus compañeros para buscar un empate que nunca pudo ser… y son tantas de esas porque yo desde la tribuna hubiera dado mi vida por protagonizar alguna de esas en una cancha, en primera división.

También está el día que Luisito Delgado, cansado de darnos señales como el penal que le atajó a Gabriel Fernández en un Millos-América, le tocó hacer una nueva proeza en un vuelo de esos que la mente recrea siempre. Recuerdo el vuelo y después la imagen de mi memoria se empañó por las lágrimas. Fue así, de verdad: los ojos estaban gordos de aguantar llanto y apenas Delgado, el gran Lucho, puso sus manos ante el penal de Correa, se me perdió su imagen porque empecé a ver con miopía digna de mister Magoo: el charco de lágrimas nubló la panorámica, pero nunca dejé de oír, mientras me llevaba las manos a la cara para disimular lo indisimulable, el rumor de un estadio feliz.

Y mientras lloraba sin parar, siento hoy -en estos días más negros que siempre- lo mismo que ese 16 de diciembre del 2012: el golpeteo del cincel que nos atraviesa el pecho para tallarnos en el corazón que sí, que estamos vivos.

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