5 de agosto

5 de agosto

La fecha que Nicolás Samper tiene marcada en su memoria, por Millonarios y por su padre.

  • Enviar
  • Guardar
  • Comentar
Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

17 de julio 2019 , 12:56 a.m.

No sé si son cosas que me pasan a mí por cuenta de la obsesión o si es una condición de quienes amamos el fútbol y es relacionar ciertas fechas de nuestra vida con algunos partidos que no tendrían la más mínima relevancia en otras circunstancias. Incluso partidos de fútbol a los que fuimos, en los que gritamos enfervorizadamente pero que se esfuman en medio de tantas cosas que se van colando día a día en la cabeza y que le quitan espacio a las realmente importantes.

Eran tiempos adolescentes, de refugio en el fútbol en medio de un campeonato extraño y de una vida medio desubicada, muy a tono con eso de tener 13 años. Porque para ese momento era complicado motivarse: mi papá estaba más enfermo que nunca, mi mamá se puso la 10 para ver cómo sacaba adelante la casa en la que la plata no fluía por cuenta de la incapacidad de mi papá para trabajar y porque ya en aquel 1990 era duro el trámite ese de buscar una pensión. Las cuentas seguían entrando por la rendija de abajo de la puerta y uno viendo que nada podía mejorar sino empeorar. Entonces echado a las petacas y tirándome siete materias capé una semana de clases para irme al Parque Francia en soledad a pensar. A dejar que el tiempo pasara para esperar un milagro económico o para contemplar el pasto, que otorgaba un poco menos de zozobra que el traspaso del umbral casero.

El 1 de agosto hubo que internar de nuevo -la enésima vez- a mi papá en la clínica de madrugada porque se puso mal. Mi mamá salió de madrugada con él en el Renault 4 verde y mi mamá, antes de salir, me dijo que si volvía a capar clase el capado iba a ser otro.

Mi mamá volvía a dormir al menos mientras mi papá estaba internado porque las noches eran una verdadera agonía para él y, lógico, para ella. Haciendo cuentas, la pobre Josefina estuvo dos años durmiendo dos horas diarias por cuenta de la endeble salud de su esposo, un tipo que hasta antes del infarto era capaz de partir una cama doble en dos con la punta de sus dedos pero que quedó reducido a poco y a nada.

La esperanza con Millonarios no era tampoco muy afortunada: la suspensión del torneo 89 y el mal nivel de los pocos sobrevivientes de las campañas del 87 y 88 y la suma de un par de incorporaciones que estuvieron destinados a no hacer historia hacían lo posible para acumular millas de desilusión. El 5-1 con el que América atendió a Millos en el retorno del fútbol apenas culminó el Mundial de Italia 90 presagiaba capítulos peores. Cómo el de ese 5 de agosto.

Millonarios visitaba un campo difícil, el Metropolitano de Barranquilla. Junior había viajado al Campín para jugar contra Santa Fe y el azul se enfrentó al Sporting, el otro equipo de la ciudad que tuvo un retorno corto a primera división y que usaba los colores de Peñarol en su uniforme. Y se acabó la tarde, en tiempos en los que todos los encuentros se disputaban el domingo y se terminaban a las 5:30 pm. Sporting, colero y con la modestia como única arma de defensa derrotaba a Millos 1-0. Ahí la memoria me empieza a traicionar porque entra la duda por saber si el tanto del triunfo fue de Edilberto Cervantes o de Yosvidas Fuentes aunque lo oí y sufrí a través de la radio y después, en los noticieros de la noche.

Al final de ese día decepcionante, a las 10:30 de la noche, llamaron a la clínica para avisar que mi papá se había muerto.

COMENTAR
GUARDAR

TEMAS RELACIONADOS/

nicolas samper