El arte del cabezazo

El arte del cabezazo

Nicolás Samper recuerda los mejores testazos, los más importantes y certeros. Un arma muy utilizada.

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Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

26 de enero 2021 , 11:05 a. m.

“Un penal de cabeza” fue la definición que le leí, si no estoy mal, a Natalio Gorín, redactor de la Revista El Gráfico, alguna vez que el impetuoso lateral de Boca Juniors Enrique Hrabina -un hombre no tan acostumbrado a hacer goles en el arco rival- vencía con un poderoso frentazo a Norberto Scoponi en un Boca-Newells de 1991 en La Bombonera. Y el gol de Hrabina fue tan certero como la descripción del periodista. Hay cabezazos inolvidables porque deben conjugarse muchos factores para que puedan funcionar: el timing exacto en el salto, el buen envío del centrador y la técnica de quien impacta para ubicarla en el lugar preciso. Desde ese día me robé esa explicación de Gorín y por eso vale la pena darle el copyright.

Me acordé de eso viendo a Agustín Vuletich en el partido de Copa frente al Junior. Vuletich -un interesante 9 que logró la proeza de marcar goles con el Cúcuta, mientras que la directiva del club le hacía goles al plantel entero y que para su fortuna hoy se encuentra en Medellín, donde tendrá más abastecimiento- hace rato que entiende muy bien eso de ubicarse en el área y saber darle la dirección a la pelota con su frente. Hay que ver el salto, el tiempo que tomó y la manera en la que consiguió picar la pelota para vencer la portería juniorista son de aplaudir. Es que cada corner a veces nos pone a reflexionar sobre las técnicas que algunos jugadores utilizan para buscar vencer a sus adversarios en “la cancha de arriba” como denomina Oscar Washington Tabárez esa gran virtud de hacerse fuerte en el juego aéreo.

Por ejemplo, Ricardo Rojas en la maravillosa llave entre River y Palmeiras hizo la que solía llevar a cabo ese extraordinario defensor que era Daniel Passarella: buscaba un envío de costado que fuera veloz y fuerte y no esperaba a que la pelota le llegara, sino que, al contrario, salía al encuentro hallando el espacio. Ese impulso previo hace que el balón, que ya viene rápido, tome más velocidad al ser impactado. Como aquel penal de cabeza que describía Gorín.

Uwe Seeler y Gerd Muller se criaron a punta de cabezazos y a partir de la necesidad, podían transformar un mal centro o un envío de alta dificultad en un golazo increíble por su dominio arriba: con la coronilla, la frente o con lo que fuera. Otro que podía eliminar las dificultades por su técnica era Jared Borgetti. El gol que le marcó a Italia en el 2002 es de esas postales maravillosas que existen porque el centro de Cuauthemoc Blanco parece que se va a extinguir o que va a ser utilizado por el delantero para pivotear. Borgetti, como si fuera Linda Blair en “El exorcista”, voltea su cabeza con garbo y la clava en un ángulo imposible justo a los que se empeñaron en saber defender tan bien el juego aéreo como los tanos.

El mejor que yo vi en Colombia, porque tenía todas las características necesarias -potencia de piernas para saltar, timming en el salto, sostenido, búsqueda del espacio, técnica para enviar la pelota donde quisiera- era Arnoldo Iguarán. Un monstruo. Y de tantos goles que le vi hacer, uno de los más brillantes lo marcó ante el Medellín en 1991. Le lanzaron un centro medio impreciso desde la izquierda y el guajiro fue a buscar la pelota; fue a cabecear pero chocó con un zaguero rival y se fue al suelo mientras que por el golpe de cabezas y balón, la pelota se elevaba hasta Monserrate. Iguarán se paró rápidamente, a pesar de que su caída resultó ser lo más aparatosa, y con un balón que caía llovido, vertical, sin efecto, fue a su encuentro y metió un testazo inolvidable que se coló en el ángulo de un incrédulo Juan José Bogado.

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