El biciusuario

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Nicolás Samper analiza los lujos de Neymar, cuándo son innecesarios y son más para burlarse.

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Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

03 de febrero 2020 , 05:39 p.m.

Minuto 38 del partido París Saint Germain y Montpellier: Neymar es acorralado en una esquina por dos adversarios y, para salir del entuerto, recurre a un lujo. Entonces el brasileño agarra el balón con los tobillos y gira los pies para hacer la bicicleta y así, poder gambetear de forma inteligente la marca a presión a la que estaba siendo sometido. La pelota pasa por encima de todo el mundo y la artimaña no sale del todo bien: la pelota se va a la banda.

El árbitro del juego, Jerome Brissard, llama a Neymar y le muestra tarjeta amarilla. El incomprendido crack con baño de oro en su pelo -es blondor, pero bueno- se enfurece porque recibió una tarjeta sin haber dado un codazo, o sin abrir la boca para insultar. Parece que es injusto lo que le ocurre y por primera vez en su historia Neymar es inocente de todos los cargos.

Lo que pasa es que a Neymar le ocurrió la del pastorcito mentiroso: el día que por fin se había puesto serio nadie le creyó y pagó el pato de su largo extenso pasado de humillaciones a los adversarios. De hecho este encuentro frente al Montpellier tampoco pintaba en ese instante como un duelo en el que fuera necesario sacar los trucos de magia para voltear de un bofetón a la adversidad: Montpellier estaba de visitante y aunque la tabla lo muestre de quinto, lo distancian 23 puntos del PSG. Para completar a los 8 minutos Sarabia ya le daba la ventaja al equipo de París y a los 18 el arquero del Montpellier recibió tarjeta roja. Era un partido más fácil que la tabla del 2. Tal vez ese lujo pudo ser capitalizado en un duelo de mayor exigencia.

Y ahí es donde Neymar pierde: porque la mente no me da tanto como para evocar una postal similar de acrobática bicicleta en una final de Champions; o en un duelo determinante para clasificar o ganar una Copa del Mundo. En esos instantes no hay desenfado porque hay presión. ¡Como si fuera imposible sacar el conejo de la galera en un momento límite! Siempre será contra el Montpellier o el Alavés y yéndose arriba antes en el score. Nunca en el 0-1 en contra como cuando la Gambeta Estrada hizo malabares para empatar un encuentro ante Nacional en Medellín -que al final fue derrota 3-1- o cuando Asisclo Córdoba tiró una chilena extrañísima en una derrota parcial ante el DIM en Bogotá; con el Pipi Romagnoli, que se mandó dos túneles ante dos defensas tratando de buscar el arco para empatar un clásico San Lorenzo-Huracán. Esa parte del fútbol aún no la entendió Neymar: la del lujo como recurso y no como burla.

Lo cité alguna vez en una columna: el día que le tomé antipatía a Neymar fue aquella vez que jugaron Santos y Bolívar en Copa Libertadores y los de Villa Belmiro ganaron 8-0. Esa noche, creo que irían 6-0 o 7-0 a esa altura, Ney empezó a hacer ochos y bicicletas, en un mensaje claro de humillación frente a sus oponentes. Pues Pablo Frontini, rudo defensa que después integraría las filas del Once Caldas, no aguantó y pintó los taches de sus guayos sobre el pecho del juvenil. ¿Era necesario hacer tanto lujo para provocar a los demás?

¿Era necesario hacer una bicicleta ante un rival que tiene uno menos y que va perdiendo 1-0? Estuvo mal amonestado, de acuerdo, pero no siempre es buena idea mostrar que uno es superior cuando el rival está noqueado en el suelo. Hasta en medio de la opulencia hay que ser respetuoso.

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