Los enjaulados

Nicolás Samper y su crítica a la invasión de hinchas al campo de juego en Colombia.

Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

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21 de marzo 2023 , 12:16 p. m.

No podemos administrar la libertad. Se está demostrando de a poco que, efectivamente, somos incapaces como raza humana de saber respetar la libertad. ¿Quién lo creyera? La sociedad parece estar en ciertos rediseños que apuntan más a la satisfacción de quien es reprimido que la alegría de quien no siente ataduras. Es como si esta segunda condición fuera una pesada mochila en la espalda que no se puede cargar porque el autocontrol, que se encargaría de tramitar mejor las emociones, ha dejado de funcionar.

En el 2011 y con pocas excepciones el país se preparó para hacer una Copa del Mundo sub 20 y más allá de que casi todas las obras de refacción de los estadios terminarían siendo poco menos que desastrosas e inservibles, se generó una especial conciencia que debía estar inmersa dentro del corazón de cada espectador. Las rejas y la concertina, el alambre de púas y los enmallados que separaban las tribunas del campo de juego se desmontaron. Ya no existía una frontera que pudiera separar al público de los jugadores y esa libertad generaba a su vez una maravillosa responsabilidad que era nunca cruzar, con mayor razón, esa frontera que se esfumó de un día para otro.

La cosa empezó muy bien: de hecho en aquella Copa del Mundo sub 20 la imagen de un gol de James Rodríguez ante Malí desató la alegría de las graderías, tanto que un par de asistentes se olvidaron del protocolo e ingresaron hacia la pista atlética. Todos los costados del Estadio El Campín de inmediato reprobaron la acción porque se entendía que ese suceso iba a ser capaz de dañar la fiesta y que cayera una sanción a la plaza, cosa que finalmente no ocurrió. Sin embargo el hecho de que el público manifestara rechazo ante la infracción resultó ser un plus, imaginando ese presente inmediato de poder jugar sin mallas divisorias.

Por eso es inexplicable que a pesar de ese maravilloso beneficio -que además en teoría nos podría pintar de alguna forma como seres pensantes- se está difuminando de a poco por culpa de algunos idiotas a los que no les gusta ser libres. O que están aprovechándose de esa libertad.

Ocurrió ayer en Bucaramanga, en el marco del encuentro ante Tolima. ¡Inconcebible! Pero hace poco el bobalicón que le pegó a Cataño en el famoso Tolima-Millonarios expuso esas mismas miserias: el sujeto, orgulloso de su propia idiotez, se fue envuelto entre aplausos. ¡Qué diferencia a la sanción social de Colombia-Malí!

Y en Armenia también hubo invasión en un par de juegos. Ni hablar de la nefasta tarde en Tuluá, cuando hinchas del Deportivo Cali ingresaron a la cancha para cobrar venganza ante los futbolistas de su divisa. O aquella vez que en Barranquilla una mujer estuvo muy cerca de herir gravemente a Miguel Borja con un cuchillo.

Es como si nos incomodara ser libres. Absurdo. Es como si prefiriéramos el encierro y el sometimiento porque no somos gente de controlarse; mejor sentirnos enjaulados. El mensaje, el de la carencia de autocontrol, es preocupante.

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