Bizzarri

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El día del retiro de Iker Casillas, Nicolás Samper recuerda a su primer compañero en Real Madrid.

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Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

04 de agosto 2020 , 03:34 p.m.

A veces las hazañas de uno conducen a esculcar los caminos escarpados de otros. Con el retiro de Iker Casillas de la actividad deportiva se va una de las grandes leyendas del arco en España, capaz de haber escalado a las posiciones de Ricardo Zamora y de superar sin inconvenientes a otros referentes gigantescos de los tres palos como Iríbar, Arconada y Zubizarreta. Casillas se transformó en un mito, en tradición oral que va de boca en boca para explicar cómo un ser humano puede volar sin alas.

Para 1996, Casillas andaba con su club, el Real Madrid, disputando el Mundialito de La Paz en Bolivia. Mientras tanto, aparecía en Argentina un muchachito del que todo el mundo hablaba maravillas: era el futuro de la portería en un país acostumbrado a ver nacer candados del arco. Lo llamaron el nuevo Fillol, por su estilo clásico y sus formas muy elásticas; por la resolución de pelotas difíciles dentro de la guarida a partir de sus grandes reflejos. El niño, con acné en la cara y peinado de Rick Astley, era suplente en Racing Club, pero ya su nombre sonaba por todos lados. Era Albano Bizzarri.

Con Ángel Cappa, Albano encontró más oportunidades que en períodos anteriores. Es que en Racing estaba Nacho González, un portero que todos adoraban. La salida de González condujo a una lucha por la portería racinguista entre Gastón Sessa y Bizzarri. Entonces en liga el titular era el ‘Gato’ y Albano estaba destinado a volar en torneos internacionales como la Copa Mercosur. Al muchacho le fue tan bien que en 1999 Real Madrid se lo llevó, en esa costumbre tan manida de los blancos de acabar con todo lo que hay en las estanterías de venta así sus alacenas estén repletas. Pero la apuesta de los madridistas era fuerte: veían que Bizzarri era capaz de pelear la titular porque, tras el triunfo en Champions League, Bodo Illgner, el arquero alemán que le fue bien en el Bernabéu, tenía planes de irse por influencia de su esposa. Entonces ese puesto tendría que ser ocupado por tipos poco curtidos: Bizzarri y un tal Casillas.

Bizzarri empezó a tomar ventaja -tenía convocatorias a Selección sub 20 y de mayores en su país- pero el arco parecía ser más grande que los 7,32 x 2,44 habituales. El chance le duró 12 encuentros y el muchachito Casillas recibió la oportunidad y desde ahí no soltó nunca más el puesto. Bizzarri pidió irse del Real Madrid y empezó a hacer su carrera paralela, tal vez entendiendo que el timming del destino no había sido generoso con él: de golpe no era el instante para estar en el Real.

Casillas se disparó: se volvió ídolo de la afición, logró ser pieza clave de las consagraciones en Champions de su equipo, dejó al mundo perplejo en el 2002 cuando, por accidente, se hizo a la titular de su seleccionado y se hizo inmenso en Japón y Corea durante la definición desde el punto penal contra los irlandeses y de ahí en adelante la historia conocida: capitán, símbolo, héroe, y además el referente de aquella España que logró vencer sus miedos sempiternos en Sudáfrica 2010.

Lo de Bizzarri fue más modesto, pero dignísimo: empezó a caminar por Valladolid, Nástic, Catania, Lazio -llegó y justo se lesionó el hombro-, Genoa, Chievo Verona, Pescara, Udinese, Foggia y Perugia hasta que se retiró en silencio, sin tanto ruido a su alrededor.

En una entrevista para Clarín, Bizarri lanzó una frase gigante: “Triunfar en el fútbol es otra cosa. Yo soy un jugador de clase media. Cumplí el sueño que tenía desde chico: jugar al fútbol en Primera División y en Europa”. Cuánta razón, cuánta verdad.

Como mucho se habló y se seguirá hablando de Iker, también es bueno recordar al buen Albano, un cultor del camino más largo para conseguir su propia victoria.

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