Dos relatos de prácticas

Historias de Nicolás Samper sobre anécdotas con Wilmer Cabrera, ex jugador y hoy DT.

Corresponsal Futbolred
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14 de febrero 2024 , 07:15 a. m.

Centro de Alto Rendimiento, año 2004. Grabadora Sony de cassette grande, maleta Gap color habano y una arcaica cámara de fotos digital -porque para esos tiempos tomar fotos desde un teléfono parecía más una especie de leyenda que habían impuesto la dupla William Hanna y Joseph Barbera cuando imaginaron un futurista mundo en el que los autos volaban por los cielos y Robotina ordenaba la casa de Los Supersónicos- eran las armas con las que desafiaba el día a día (sin contar con el sol canicular que derretía mi calva ante la ausencia de una sombra amiga que me protegiera) en esos años en los que había que cubrir para Futbolred las prácticas de los equipos bogotanos. 


La sede de la calle 63 era la que utilizó por aquellos años Independiente Santa Fe; para Millonarios el escenario era similar, pero con otra composición de lugar: autopista, las mismas herramientas y la mano estirada para que el Bus intermedio con el letrero de UDCA, nos aterrizara en la sede de entrenamientos del azul, bien al norte de Bogotá.

Estudios de ESPN, año 2024. la emisión de F90 parece que va a tardar un poco más de lo calculado porque Sofía Toro, que usualmente anda en el máster, está sentada en un escalón, fuera del habitáculo lleno de pantallas; lo mismo Juan Pablo Sepúlveda, que le alcanza el tiempo para darse una vuelta por vestidores a revisar que todos estén siendo maquillados y claro, a mamar gallo. El afán de entrar al aire no parece tal: juegan en Montevideo Defensor Sporting y Academia Puerto Cabello las rondas previas de la Copa Libertadores y aunque los uruguayos van ganando 1-0, el resultado de ida (3-2 a favor del equipo venezolano) llevará a que inexorablemente los penales definirán al clasificado. En ese tránsito que va desde el camerino hacia el set encuentro a Wilmer Cabrera, fantástico lateral que le dio a Colombia la clasificación hacia el Mundial de 1998 con un cabezazo suyo que derrotó a Dudamel. Será el invitado de esta noche.


Centro de Alto Rendimiento, año 2004. Esa mañana era la primera práctica de un refuerzo muy sonado que iba a nutrir un Santa Fe más bien carente de talento, pero que iba a ser subsanada con la clase de un tipo con buena fama previa: había que anotar en una libreta todos y cada uno de los movimientos que realizaría Arilson Gilberto Da Costa y escribir un texto sobre el volante de creación brasileño que ya para esos tiempos acumulaba una hoja de vida lo suficientemente robusta: Gremio, Inter de Porto Alegre, Palmeiras, U de Chile, Kaiserslautern y Real Valladolid, algunas de sus estancias previas.


Estudios de ESPN, 2024. Wilmer Cabrera recuerda con magníficas anécdotas su paso triunfal por el América de Cali. Los 97 años de historia de ese club ameritan que Cabrera hable y mucho sobre los buenos tiempos que supo vivir; incluso se da tiempo para recordar los malos días, como aquel en el Hernán Ramírez Villegas en 1993 en el que le marcó a su arquero Angel David Comizzo, dos goles en contra. La charla transcurre entre evocaciones, bromas entre Óscar Córdoba y él, así como los nombres de rivales complicados y compañeros de equipo, como el de Alfredo Jesús Berti, mediocampista de marca que arribó a Cali en 1996. Y aquí Cabrera lanzó un relato de esos que valen mucho su presencia: Berti, volante extraordinario, caudillo del club en aquel subcampeonato de la Libertadores de ese año y uno de los extranjeros más recordados por su gran rendimiento (a pesar de solamente haber jugado menos de un año en la institución) era malísimo en los entrenamientos. Eso contó Wilmer. ¿Cómo podía ser posible eso?


Centro de Alto Rendimiento, 2004. Hay práctica de fútbol. Arilson toca la pelota y parece que la pelota tuviera un errón, como el de la punta de los trompos. En efecto la pelota daba vueltas detenida sobre el dedo gordo del pie de Arilson. Algo barrigón, y piernas que añoran un pasado feliz pero que se veían tan fofas como el presente cardenal de esos tiempos, el brasileño empezó a lanzar cambios de frente perfectos que caían como una nube al pie de sus compañeros; tiralíneas entre los centrales que eran aprovechados por atacantes que tal vez nunca habían recibido semejantes habilitaciones tan claras; túneles, balones dominados y dormidos en la cabeza ya alopécica del 10; tiros libres al ángulo… lo de Arilson era para aplaudir. Con semejante crack, Santa Fe iba a arrasar a cualquier adversario.


Estudios de ESPN. 2024. Wilmer Cabrera cuenta con soltura ante el asombro de todos que Berti, el mismo que aplaudíamos al ver en el campo, era otro en los entrenamientos: perdía balones, no entregaba bien la bola y en los rondos podían pasar 100 toques y el argentino se esforzaba en sacarle la bola a sus compañeros y no podía. “Era el jugador más malo que yo he visto entrenar. Cuando él llegaba a la práctica no quitaba un balón”.


Estudios de ESPN. 2024. Wilmer sigue su relato sobre Alfredo Jesús Berti: “No la tocaba, pero cuando entraba en la cancha era increíble. Hay jugadores que en los entrenamientos no son tan claros, pero con la presión se agrandan. El termómetro más importante de un futbolista es el partido. Con tantos compañeros que tuve, puedo decir que Berti fue el mejor volante 6 con el que jugué en mi vida”. Y perfectamente puede ser uno de los más grandes mediocampistas que jugó en el club. Tan bien le fue en el América, que luego se fue a Boca Juniors y en el momento que la estaba descosiendo -tuvo el placer de jugar al lado de Maradona- sufrió una grave de lesión de tobillo en cancha del Deportivo Español. El triunfo 4-0 de Boca no fue suficiente como para celebrar, ya que a partir de ese momento y tres operaciones posteriores, Berti debió dejar el fútbol a los 27 años, pero su recuerdo quedó para siempre en las tres instituciones que jugó: Newell´s Old Boys, Atlas de México y Boca Juniors lo evocan como crack que fue.


Centro de Alto Rendimiento. 2004. De nuevo hay que ir a ver los entrenos de Santa Fe, pero ya han pasado varios meses desde que Arilson brilló ese mismo año. Hoy Arilson no está; se fue tras un paso lánguido y desganado, lejano al ritmo de las prácticas que lo dejaban ver como un monstruo. En el campo el 10 fue casi siempre calificado con 1: la magia, de repente, se le apagó en El Campín y no hubo nada más decepcionante que despedir a un futbolista que siguió arrastrando las piernas en clubes de menor calado (jugó en 21 y en 10 después de su adiós bogotano) y que simplemente encontró puesto por cuenta de sus óptimas performances en los entrenamientos. Cuando había que jugar por los puntos, Arilson era menos que cualquier futbolista corriente.

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