Decisiones

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Nicolás Samper sobre el mal momento de crisis que atraviesa Santa Fe. 

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Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

06 de agosto 2019 , 04:34 p.m.

“En el deporte los malos resultados y el desánimo se alimentan mutuamente”. Eso escribe en un libro fantástico llamado “Hombre de fútbol” el periodista inglés Arthur Hopecraft y la frase cae apenas para explicar lo que significa el mal momento de Santa Fe, que no es por cuenta del 4-0 que le infligió el Tolima, sino que data ya de un tiempo en el que la toma de decisiones no ha podido ser más adversa para su propio presente y que, salvo que alguien consiga dominar el timón, hipotecan de manera inmediata el futuro a corto, mediano y largo plazo.

Porque, primero, y para ceñirnos únicamente al rubro futbolístico, Santa Fe juega hace mucho a todo lo que no se parezca su verdadera esencia, o la que logró obtener en 2012 cuando por fin acabó con una racha malísima de sinsabores. Las fortalezas de aquellas formaciones exitosas contaban con un despliegue defensivo brillante, coordinado sin importar los nombres: desde Pacho Meza, pasando por William Tesillo o Yerry Mina y hasta si se quiere –más allá de que el hincha no lo quiera tanto- Héctor Urrego o Julián Quiñones (ambos anotadores de goles importantísimos en las finales ante Pasto y Tolima), Santa Fe siempre contó con un centro de zaga lo suficientemente confiable como para no estar padeciendo. Y si además contamos que esos mismos futbolistas eran determinantes no solamente en el área propia sino que eran letales en el área contraria, era una herramienta más para pensar en grande: los mejores delanteros santafereños también –durante aquellos tiempos de triunfo- se cocinaron en la cueva.

Un volante de quite que era imposible de sortear -muchas veces hecho en la casa-: Gerardo Bedoya, Daniel Torres, Juan Daniel Roa –de quien hoy vemos su peor versión, también atizada porque no sale nada bien en el rojo- Jeisson Gordillo eran los símbolos –y para no pelear incluyamos a Baldomero Perlaza que hizo su mérito-. Y el estilo de ganar lo marcaba el buen uso de las pelotas quietas a su favor. Ceder un tiro libre en contra para los rivales era directamente suicidarse. Y esa manera de jugar no reñía con la ideología de entrenadores como Wilson Gutiérrez –el encargado de echar la primera semilla- Gustavo Costas, Gerardo Pelusso o Gregorio Pérez.

Pero hubo asuntos que empezaron a minar la propia casa roja: tomar decisiones con el fin de satisfacer a un ídolo y no al club, como pasó con las salidas de Pelusso y Gregorio Pérez para tranquilizar a Omar Pérez, de acuerdo a las declaraciones de ambos entrenadores después de sus despidos; el pensar que un hombre es más importante que una institución –una de las más grandes del país, además- terminó siendo el bosque que se escondía por cuenta de un árbol que terminó siendo incómodo.

Los malos fichajes de extranjeros –aquí podríamos quedarnos hablando de Razotti, Molina, Di Vanni, Salaberry, Stracqualursi, Guichón Bentancourt, la segunda parte de Seijas –antes de su grave lesión-, Falcón…- y la necesidad de desmejorar el nivel de calidad de DTs –tal vez para traer entrenadores que no riñeran tan directamente con Omar Pérez- empezó a ser la siembra perfecta para el momento actual: Guillermo Sanguinetti estaba lejos, a miles de kilómetros de distancia en su perjuicio, frente a Gregorio Pérez, Costas o Pelusso. Pero Patricio Camps –el practicante más costoso en la historia del fútbol mundial- está a miles de kilómetros de lejanía en su perjuicio frente a Gerardo Bedoya, que a su vez está lejísimos de Sanguinetti. Y mejor no comparar hacia atrás porque no se puede poner en una misma frase a Camps con Pelusso.


El nuevo presidente tendrá que recuperar, por sobre todas las cosas, ese par de factores: el sistema futbolístico efectivo, sencillo y férreo que tantas glorias le dio y el espíritu de ser una institución que es más importante que un jugador de fútbol, por más bueno que sea. Con esas dos apuestas ganadas, otro será el panorama.

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