Presión social

Nicolás Samper lanza una dura crítica al VAR en el fútbol colombiano.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

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18 de octubre 2022 , 07:30 p. m.

Todos alguna vez hemos sido víctimas de estos episodios en los que una manada arremete contra nosotros para cambiar nuestro parecer o modificarlo. ¿Quién no ha caído en la típica encerrona de aquellos amigos que, de pesados, le dicen a uno que no se vaya de una fiesta a pesar de que al otro día hay que madrugar?

Ahí está ese instante coyuntural en el que, en medio de esa turba enardecida que busca convencernos de lo que no estamos decididamente convencidos, nuestro propio criterio empieza a navegar en aguas turbulentas. Entonces ese Pepe Grillo que está rondando nuestra mente nos empieza a decir que no, que si nos quedamos es bien probable que tomemos unos tragos de más y, de pronto, nos quedaremos dormidos como si fuéramos un año viejo sobre una silla de la sala de una casa desconocida. Esa misma voz nos apunta a señalar que al otro día hay que estar marcando tarjeta desde bien temprano y que no puedo ese haber un escenario más agresivo que el de tratar de trabajar en medio de una resaca, porque ni se está en paz con la vida, ni tampoco se trabaja.

Pero el otro lado de la consciencia -que es la inconsciencia- nos suaviza un poco el futuro. “¿Qué importa un traguito más?” “Hasta mis amigos tendrán razón de tanto que me están insistiendo”. “De golpe le da por salir a esta hora y con esos fríos mínimo me da una gripa de las que están dando y ahí sí peor porque me enfermaré y tal vez no pueda trabajar”. “Eso de golpe es de Dios que yo me quede otro rato más”. Y las excusas siguen mientras que el trío de amigos borrachos sigue jodiendo para que uno no abandone el sitio.

El ser humano se la pasa enfrentando esas diletancias, tanto qué hay frases tan maternas como antiguas que dicen cosas como: “¿y es que si sus amigos se lanzan por el Salto del Tequendama, entonces usted también se bota por el abismo?”.

Algo así está ocurriendo con el VAR, o eso vivió Diego Ruiz, el bisoño árbitro que debió impartir justicia en el encuentro Millonarios-Patriotas, aunque no es solo él: muchos réferis están cayendo en el clamoroso pecado de dejarse convencer de lo que no es por culpa de sus amigotes, que en este contexto son los integrantes del VAR y que, como inoportunos consuetas, terminan soplándole al oído los peores consejos de la historia a su amigo, el que está ahí en la cancha mirando a ver si hubo penal o no.

Porque la convicción inicial de Ruiz en aquel partido fue pitar varios penales pero los sonidos de su auricular y los errados y erráticos consejos de sus mosqueteros lo condujeron al permanente error.

Hay un grave problema en el FPC: no hay peores consejeros en la toma de decisiones fundamentales que los miembros del VAR. Y con ese miedo a no hacer caso a su propio criterio o por la comodidad que confiere eso de que otros decidan, Ruiz terminó viendo cosas que sus ojos nunca observaron.

Y vaya y no le hace caso al VAR y verá la montada. O la borrada…

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