Carachas

Opinión de Julián Capera sobre la eliminación de Deportes Tolima en Liga Betplay.

Julián Capera

Julián Capera

Foto: Archivo particular

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08 de diciembre 2023 , 05:20 p. m.

Es una escena que dura segundos y al mismo tiempo una eternidad. Tan borroso y tan nítido el instante aquel en el que sentimos que hasta el aire dejó de estar de nuestro lado. Un infinito vacío entre pecho y espalda, un latigazo de hielo recorriéndonos de pies a cabeza. En el baúl del alma de todos los futboleros hay una recamara a la que desearíamos nunca volver a entrar, pero sabemos perfectamente donde queda y como se ve. Una herida que, aunque sentimos que ya cicatrizó, basta medio mirarla para que vuelva a arder.


En la memoria de cada fanático del fútbol (sobre todo en la de aquellos que sentimos amar más un equipo que al juego en sí mismo) hay un gol en contra que nos hirió para siempre. Uno después del cual fue todavía más difícil creer que esto es apenas un juego y que al otro día el mundo, indolente, seguirá girando igual. Para quienes somos hinchas de equipos sin el presupuesto, la maquinaria, los títulos y la hinchada de aquellos denominados ‘grandes’, la tarea quizá es un poco menos sencilla. Tantas veces nos han roto el corazón que se tratará entonces de mirar las ‘carachas’ del alma y medir la profundidad de la herida.

En mi caso hay dos que compiten fuertemente. El primero cumplirá diecisiete años este diciembre. Por primera vez en su historia mi equipo cerraba en casa una final del fútbol profesional colombiano. Al frente había uno todavía más inexperto que nosotros en este tipo de instancias: el Cúcuta Deportivo, que nunca había sido campeón. La diferencia tras el juego de ida era corta (apenas un gol) y la fiesta para la vuelta en Ibagué prometía ser inolvidable.

Recuerdo el equipo saltando a la cancha con una atmósfera que jamás volví a sentir igual. En la tribuna más gente de la que por seguridad debía haber allí, el cielo completamente cubierto de luces de pólvora y el humo, que retrasó varios minutos el arranque del juego, danzando entre las miles de banderas (con sus astas de PVC, cuando todavía se podía). Los jugadores, sin importar donde habían nacido, entonando el bunde con mano en el pecho y alta voz. A los 16 minutos del segundo tiempo, Tolima se puso en ventaja con gol de Yulián Anchico. Euforia absoluta. Serie empatada y parecía cuestión de tiempo para sentenciar el asunto y bordar la segunda estrella sobre nuestro escudo. Pero no pasó así. A trece minutos del final, Macnelly Torres enterró un helado puñal en el alma de aquel estadio. Ese día, a los 12, mi infancia se acabó.

El segundo todavía está fresco. Mi equipo jugaba su tercera final consecutiva de liga (había ganado la primera ante Millonarios y perdido la segunda contra Deportivo Cali). El rival, Atlético Nacional, el equipo más laureado del país y a quien en los últimos años Tolima le había ganado prácticamente todos los partidos, incluyendo el título de 2018-I. Esta vez la desventaja en el marcador era más larga (3-1 en la ida), pero la fe era incluso mayor. Sobre todo por el nivel futbolístico de se plantel en el último año y medio. A los 35 minutos ya Tolima ganaba 2-0 y la serie estaba igualada.

A los 56’ vino la jugada que cambió todo: un penal a favor del Tolima. Falló Daniel Cataño y en la misma acción fue expulsado por falta contra el portero rival. Aun así, la final estaba igualada y con una importante pinta de definirse en penales. Pero no pasó así. En el 90+1’, Jarlan Barrera con sus 1,73 de estatura cabeceó frente a William Cuesta y con el espíritu de Macnelly Torres, enterró otro frio puñal en el alma de un estadio que nunca ha podido ver a su equipo coronarse campeón de liga allí. El gol de mis pesadillas. Varios otros dolieron mucho, pero ninguno como aquel.

¿Por qué recordar eso? ¿Por qué abrir esa horrible recamara? Porque el fútbol, como la vida, es también batallas perdidas, días oscuros, fracasos. Porque nos recuerda que el amor no se trata de vitrinas repletas, sino de la decisión de estar, sobre todo cuando más duele, porque justo ahí es cuando más nos necesitan. Y porque así, cuando vayamos a los pasillos primaverales de la memoria, les daremos el valor que se merecen. ¿Quién le cree a un rey sin rasguños? Nuestras coronas lucen mejor al lado de nuestras carachas.

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