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Opinión de Jenny Gámez sobre lo que se espera del 10 de Colombia en 2022.

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Jenny Gámez

Jenny Gámez

Foto: Filiberto Pinzón

03 de enero 2022 , 08:55 a. m.

Dicen los hipócritas que ya no es asunto de nadie, que lo suyo es pasado, que da igual si mañana se retira o se desnuda, no importa el orden en que eso suceda. Mentira. Basta revisar las cifras y el tráfico de noticieros y redes sociales para saber que nada está más lejos de la realidad: a todos importa, a veces más de lo que debería, lo que hace con su vida James Rodríguez.


Lo padece desde siempre porque no hay otro igual a él. No es como ir al armario y elegir entre el traje rojo y el verde, como pasar por el garaje y agarrar las llaves del carro sin pico y placa. Ojalá. Importa e importará James porque todavía no llega a la selección nacional otro que tenga su visión de juego, la precisión de su pase, la lectura de los momentos de un partido, la picardía para generar el cobro de pelota quieta que luego él ejecutará, el olfato para inventar un espacio y ubicar ahí a cualquiera de los que llevan una vida jugando a su lado, entendiéndolo, respaldándolo... sufriéndolo cuando se cree el guion incluso antes de empezar a leerlo. Sí, así, como cuando Rueda lo marginó del equipo y lo obligó a morder el polvo antes de resignarse a firmar su regreso.

Se intentó todo sin él. Hasta se se quiso inventar un nuevo estilo sin que fuera la pieza clave, pero en ese proceso se inmoló el portugués Queiroz. Se vendió el tercer lugar de la Copa América como el resultado que confirmaba que ya no era necesario, pero se dejó de un lado detalle no menor y es que, salvo Argentina, nadie fue con la obligación de un resultado porque esa Copa obligada nunca estuvo por encima de la prioridad que es una Eliminatoria mundialista. Fue, al final, un tubo de ensayo, una feliz excusa para que técnicos como Rueda tuvieran a su gente un mes a disposición.

Pero vino la Eliminatoria y Ecuador, a la que Colombia venció 1-0, y Uruguay, que cayó por penaltis, vinieron a plantar cara a Barranquilla y arrancaron puntos vitales porque esta vez sí que importaba sumar. Entonces el DT se dijo la verdad a la cara: vendrá un paño de agua tibia como el intermitente Quintero, se le dará una oportunidad más a Cardona -probablemente para que la desperdicie-, se intentará que Cuadrado y Borré se pongan la 10 y será tropezar con la piedra de siempre porque, al menos por ahora, el hombre sigue siendo James. Por eso regresó.

Y ese no es un derecho natural sino más bien un reto: si quiere el puesto tendrá que hacer mucho más que tomarse fotos entrenando en Navidad, como si esa no fuera su obligación. Debe reconocer que jugar en Catar es una tentadora invitación a la mediocridad, el spoiler del epílogo de una carrera, el acto central de un sainete que él eligió cuando miró alrededor y vio que, fruto de sus decisiones, todas las puertas se habían cerrado a su talento. La manera como manejaron su agresión a un árbitro hace pensar que ni siquiera entienden el juego, mucho menos le van a dar las condiciones mínimas para jugar un Mundial. Lo que necesite se lo tendrá que rebuscar él, con trabajo, con una humildad que insisten en robarle, mirando a la derrota a la cara y desafiándose a ser quien es, el único futbolista distinto que tiene Colombia.

Ya conoce la fórmula: una vez no hace tanto, nos disfrazó la paranoia de euforia, nos mostró que el caudillo (Falcao) ni era el principio ni era el fin (la pura verdad de los caudillos), nos puso en las manos el exótico orgullo de pasar por los aeropuertos sacudiendo el pasaporte vinotinto, nos contó una verdad que por meses nos anestesió la mentira que sigue siendo nuestro día a día. Si no lo olvidamos nosotros, que sufrimos de memoria de corto plazo, no puede darse el lujo de olvidarlo él. Que haya suerte, salud y ganas. Que sea su año, el camino más directo a que sea también el nuestro.

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