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Opinión de Nicolás Samper con ocasión del cumpleaños de James Rodríguez.

Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

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12 de julio 2022 , 12:15 p. m.

Hay dos líneas de tiempo que ayudan a saber cuánto se ha envejecido: la primera es cuando, al sentarnos en la gradería después de muchos años de posar el culo en las sillas, vemos que el tipo que está dando las indicaciones desde el banquillo, dirigiendo alguno de los equipos en contienda, fue un joven entusiasta al que vimos en la cancha jugando, haciendo goles o evitándolos. En ese justo momento la cédula cae al piso y rompe por lo menos tres escalones de la gradería, como si fuera más que el documento de identidad, una lápida demasiado pesada como para cargar en la billetera.

La segunda es pensar en que mientras nosotros ya éramos personas algo pensantes, en ese momento estaba naciendo un crack. Peor aún si es que la fecha de nacimiento de aquel futbolista ya marca los años 2000 como punto de partida, porque imaginamos de inmediato -siendo tremendamente injustos con nosotros mismos- que a pesar de que la vida nos dio una larga ventaja temporal frente a ese futbolista, en nuestras vidas poco o nada vale la pena como para destacarse. ¿Qué fue de tanto tiempo a nuestro favor, si este muchachito, con menos horas en la tierra se hizo inmortal?

Porque más allá de los habituales cuestionamientos a los que puede ser sometido un personaje público, hay que recrear lo hecho por él, que no ha sido poco. Por ejemplo, vestir la camiseta de un modesto club del conurbano bonaerense y en una noche de fútbol de viernes, meter un balazo muy lejano dentro de la portería de Rosario Central.

No contento con eso a ese club pequeño llamado Banfield, más alineado con historias de descensos que con hazañas en la cima de la tabla, que desde la década del 50 no se asomaba con verdaderas intenciones de pelear un título -aquella vez el que le quitó el honor de dar la vuelta olímpica fue Racing Club, en 1951, con un gol de Mario Boyé-, lo condujo con un colectivo confiable hasta el primer lugar, siendo determinante en el juego y en su influencia, dejando postales como aquel gran gol ante Lanús, el rival al que Banfield siempre quiso vencer.

Pensar que en Porto y Mónaco también celebró, y que ante la ausencia obligada de Falcao debió ponerse la 10 -que siempre la ha tenido tatuada en la espalda- en Brasil esculpiendo esa imagen que lo catapultó a los cielos, convirtiéndose en el goleador de aquella Copa del Mundo -la mejor para Colombia en su historia- y dejando en la mente aquella maravillosa obra de arte ante los uruguayos como una de las postales con las que nuestro fútbol se podrá identificar por siempre.

Jugar en el Real Madrid o Bayern Munich y destacarse no es de muchos. También eso vale. Que el tiempo, cierta inestabilidad, algunas dudas en ciertas decisiones, así como ciertas dolencias recurrentes conspiraron en la terminación del ídolo -porque el jugador ya mostró de lo que era capaz- ha diluido a veces, de manera injusta, su propio legado. Aquellos pasos en vano con Zidane en Madrid, sus lesiones, la temporada algo anodina en el anodino Everton y su refugio en la distante Qatar parecieron alejarlo de todo y de todos.

Pero no hay que olvidarlo, menos en las malas. Porque si de algo puede jactarse James Rodríguez -y que tal vez yo nunca conseguiré hacer- es que ayudó en algún instante a que los colombianos -envueltos en momentos tormentosos a diario y en tribulaciones inexplicables y explicables- pudiéramos darnos el permiso de ser un poquito menos infelices.

Felices 31, James Rodríguez.

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