El Zapping tiene sus días malos

El Zapping tiene sus días malos

El fin de semana futbolero de Nicolás Samper, en este relato.

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Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

05 de noviembre 2019 , 01:21 p.m.

Murphy tiene mucho que ver en todo esto. Es necesario aguantar mucho esperando algo, distraerse dos segundos y todo ocurre. Cuando queremos regresar, la perversidad nos dice que no, que tal vez será en otra oportunidad. Es como cuando, buscando empleo en tiempos de teléfonos fijos, uno se quedaba al resguardo de una llamada durante horas y por cosas del destino, sonaba el citófono de la casa porque el portero precisaba de nuestra presencia en la portería. 

Al bajar hasta ese lugar oíamos timbrar el teléfono sin cesar; nos devolvíamos corriendo para levantar la bocina y ya habían colgado. No había identificador de llamadas y nunca más volvía a sonar el teléfono ese día y los que vendrían. Y la comunicación con aquel empleo que ansiábamos jamás llegó y no podíamos dormir imaginando que ese repicar del timbre al estar fuera de casa por cuenta del celador quizá era la llamada de ese trabajo. Y nunca pudimos resolver ese trauma.

Pasa también en el fútbol, claro, en dimensiones un poco menos macabras. El zapping es un arte de pocos. Por eso César Luis Menotti comentó hace poco que a él no le gusta mucho esa costumbre. Para evitarse dramas lo que hace el entrenador campeón del mundo con Argentina en 1978 es que elige con anticipación un par de partidos para ver. Y se sienta desde el minuto 1 hasta el 90 sin parpadear porque esos fueron los que escogió. ¿Que simultáneamente también están transmitiendo otros encuentros en siete canales? No importa. Luego vendrán los resúmenes. Mejor concentrado en dos, que desconcentrado en 10.

De pronto es por eso por lo que uno no es campeón de nada. Porque el primer zapping parte de la premisa de Menotti: en medio de la extensa parrilla de partidos hay que centrarse en algunos pero vale la pena pensar en que hay que echarle un ojo al resto. Y así fue mi vida este fin de semana, siendo el domingo el día más crítico: Everton-Tottenham. Pensé en Menotti y decidí fijarme solo en él a pesar de la competencia en otras ligas. No pude porque el juego no estaba bueno, porque los dos aburrían y porque a veces se pierde también en esa elección y a los 60 minutos metí cambio de canal. Hice recorrido por un par de juegos que estaban en el mismo punto y volví; vi en la parte superior izquierda de la pantalla y el Tottenham ya iba arriba 1-0. ¡Me demoré tres minutos! Entonces me quedé y de nuevo el partido arrancaba bostezos y dolor por la lesión de André Gomes.

Dieron 12 de descuento y a Everton no se le caía una idea: pelotazo y de punta para arriba. Cambié dos segundos, lo juro por dios. Y caí en otro canal, en uno de esos que hace ver la vida muy fácil: uno de televentas. Y vi cómo una zanahoria quedaba hecha puré y cómo una bota de cuero podía ser cortada como si fuera un papel por un cuchillo potente, tanto que casi llamo a comprarlo. Regresé a Goodison Park y en la pantalla salían los jugadores despidiéndose con un 1-1 en el score. No vi el gol de Tosun por imbécil. La historia se repitió en Milan-Lazio y Granada-Real Sociedad: seis goles y no vi ninguno.

El lunes entonces no quise correr riesgos y me quedé sembrado como la niña de Polergeist al frente del TV para ver Defensa y Justicia-Argentinos, Central Córdoba-Vélez y Huracán-Lanús. Observé todo sin parpadear hasta que me mamé de tanto 0-0 de los dos primeros encuentros y di una vuelta en el último juego, cuando faltaban seis minutos para acabarse el encuentro en el Ducó. Cambié dos minutos y regresé. Lanús ganó 1-0.

Este fin de semana vi únicamente las partes aburridas de la vida que se desarrolla en un campo de fútbol durante 90 minutos.

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