El torneo de la Primera B necesita una reingeniería urgente
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El torneo de la Primera B necesita una reingeniería urgente

Con un nuevo patrocinio a partir de 2010, el campeonato de ascenso enfrenta varios retos necesarios para fortalecer su estructura y, sobre todo, ganar en altura y prestigio.

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22 de diciembre 2009 , 08:10 a.m.

La frase que empleó un directivo del Atlético Bucaramanga al final del segundo partido de la fase de Promoción, que su equipo perdió con Deportivo Pereira, sirve para resumir la realidad: "es inmensa la diferencia entre un equipo de la A y otro de la B". Y, ojo, estaba hablando un representante del mejor conjunto de la B en 2009, el que más puntos logró, el que más partidos ganó, el que más goles anotó, el mejor visitante, el mejor local... Entonces, ¿qué se puede pensar en relación con, por ejemplo, Alianza Petrolera, el último de la tabla de posiciones?

 

Para algunos equipos como Envigado, Pereira, Bucaramanga, Unión Magdalena, Cortuluá y, ahora, Deportivo Pasto, estar durante varios años en la Primera División y caer al torneo de ascenso es un calvario. "Caímos en el infierno", dijo alguna vez un directivo, de manera muy gráfica. Infierno económico, principalmente; infierno para la imagen y la marca; infierno para la afición y los medios de comunicación locales; infierno para los directores técnicos y para los jugadores de la casa.

 

Sin embargo, esa no es la única mirada que resiste la Primera B. Para otras plazas, como Floridablanca, Barrancabermeja, Sincelejo, Rionegro, Itagüí, Palmira, Girardot, Villavicencio, Zipaquirá o Soacha, por el contrario, la fiesta del fútbol profesional colombiano, así sea de la Segunda División, es toda una fiesta. Una oportunidad para mostrar la ciudad o la región en la gran vitrina de los medios de comunicación, para generar empleo alrededor del equipo local, para despertar sentimiento de pertenencia entre sus habitantes, en fin, para salir del ostracismo en el que habitualmente están inmersos.

 

En lo deportivo, al menos según lo observado en este 2009, el torneo es de aceptable nivel. Como en todo certamen, hay equipos buenos, otros regulares y algunos más sencillamente malos. Hay unos con alguna estructura mínima, mientras otros trabajan con las uñas. Algunos cuentan con una incipiente afición, pero otros juegan ignorados por los aficionados. No hay puntos intermedios ni grises: solo blanco o negro. Los que están afincados en capitales intermedias gozan de los beneficios de la difusión a través de los medios regionales, mientras que los de las ciudades pequeñas, o los que participan en las grandes capitales (Cali, Medellín, Bogotá, Barranquilla) a duras penas si son mencionados de cuando en cuando.

 

Con el transcurso de los años, la mayoría de equipos ha entendido cuál es el espíritu del torneo de ascenso: servir de banco de pruebas para aquellos que aspiran llegar algún día a la Primera A. Es decir, que en el momento en que los toque la varita del destino y consigan el ascenso, tengan la capacidad, la infraestructura deportiva y administrativa necesaria para sobrevivir más de una campaña. Y que no sea todo una alegría efímera y que el paso por la máxima categoría no sea un tormento permanente, sin poder abandonar los puestos de retaguardia.

 

En la Primera B hay tres clases de equipos: aquellos cuyo único objetivo es subir a la A, a cualquier costo. En ese grupo podrían ubicarse Bucaramanga, Unión Magdalena, Pasto, Itagüí, Patriotas, Expreso Rojo, Rionegro y Centauros. Otros, que tienen la aspiración de ascender en un mediano plazo, pero cuya filosofía pasa más por la formación de jugadores. Un grupo en el que estarían Academia, Real Santander, Atlético La Sabana y Juventud Soacha. Y, finalmente, uno más con elencos que deambulan sin rumbo de plaza en plaza, de dueño en dueño, sin saber para dónde van ni qué quieren: allí estarían Valledupar, Barranquilla, Alianza Petrolera, Palmira y Dépor.

 

Los elencos del primer lote viven obsesionados con jugar en la A y cualquier resultado diferente al ascenso es un fracaso. Muchas veces ni siquiera se miran las cosas buenas que hubo en la exigente campaña, solo el resultado final. Entonces, se truncan procesos, se despiden técnicos, se desbaratan las nóminas y, de nuevo, a comenzar de cero. Se invierten grandes sumas de dinero en contratar jugadores que en muchas ocasiones ni siquiera consiguen adaptarse al medio o sencillamente no dan la talla. También existe la tendencia a llenarse de jugadores veteranos, desechados de otros equipos, y con estos tampoco se alcanza el objetivo propuesto.

 

A pesar de que son clubes que poseen alguna infraestructura, reniegan de ella, no miran hacia la cantera, se dejan llevar por las urgencias del momento, sus dirigentes viven con el oído pegado al radio a la espera de lo que digan los periodistas y, por eso, van de tumbo en tumbo. Por sus constantes errores administrativos y fracasos deportivos, deprecian la marca, dilapidan el patrimonio y llegan a límites que amenazan su existencia. Para ellos, por eso, estar más de una temporada en la B es un calvario, porque no saben adaptarse a las nuevas condiciones y exigencias, porque siguen pensando que están en la A, porque tienen el cuerpo en un lugar y la mente, en otro bien distante.

 

Los equipos del segundo lote sufren menos y disfrutan más. La B es su escenario natural (surgieron en esta categoría) y no la ven como un infierno, sino como una oportunidad. Su trabajo consiste en fortalecer la base, en servir de vitrina a jóvenes jugadores que sueñan con llegar a los conjuntos más importantes del país. Apuestan por técnicos de la casa, que conocen el producto propio y saben cómo pulirlo, cómo explotarlo. Son más dados a los procesos y sus decisiones, por lo general, no están condicionadas por la inmediatez de los resultados.

 

Deportivamente hablando, a veces pelean los puestos de privilegio y en muy pocas ocasiones están en el sótano de la tabla de posiciones. Cuentan con pequeñas hinchadas propias, grupos de fanáticos que se han identificado con los proyectos, que ven convicción en el trabajo de directivos y cuerpos técnicos. Y le toman cariño al jugador surgido de la cantera, al que antepone el color de la camiseta al poder del billete. La categoría se fortalecería en la medida en que hubiera más equipos con este perfil, pues son ellos los que están preparados para sobrevivir más allá de los títulos o la ubicación en la tabla de posiciones.

 

En el último lote están aquellos conjuntos que están llamados a desaparecer. Tarde o temprano su destino se hará realidad y, entonces, todo el camino recorrido será en vano. Sin infraestructura, sin divisiones menores, sin afición propia, mudándose de sede con frecuencia, sobreviven por obra y gracia del Espíritu Santo. Sus nóminas están plagadas de jugadores prestados que al poco tiempo se van sin dejarle algo al club que los arropó. Son de los que cambian de técnico dos, tres, varias veces en la misma campaña, muestra inequívoca de que no hay un norte, una estrategia, una idea básica.

 

Con nuevo patrocinador incluido, la temporada 2010 en el torneo de ascenso tiene el reto de darle estabilidad al certamen, proyectarlo hacia tiempos mejores y, sobre todo, establecer las bases para que los participantes no sufran tanto y disfruten más. No se trata solo de escoger al cuadro que va a ascender al final de la temporada y acoger al que descendió de la máxima categoría. Así como en los últimos años se ha convertido en un laboratorio para la formación de árbitros centrales y asistentes, también debería ser lo mismo para directivos, entrenadores y futbolistas.

 

Eso de que los equipos estén cambiando de razón social, sede y propietarios a cada temporada es lo peor que le puede ocurrir al torneo de ascenso. Hay que sentar las bases para que el certamen sea una etapa de transición y/o de formación, no un castigo para unos como en la actualidad. Que ocurra como en otros países, en los que el descenso, incluidos los cuadros de renombre, fue una oportunidad para iniciar una nueva etapa y buscar renovados objetivos. Ejemplos dignos de seguir hay muchos, solo que no pueden seguir ignorándolos.

Carlos E. González
Especial para FUTBOLRED

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