Gustavo Costas, un técnico que no se cansa de ganar
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Gustavo Costas, un técnico que no se cansa de ganar

Ha sido campeón en Perú, Paraguay, Ecuador y Colombia. Con Santa Fe ya ganó la Liga y la Superliga.

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01 de febrero 2015 , 06:03 a.m.

No parece cansarse. Corre de un lado a otro, inquieto, desbordado, eufórico. Levanta su brazo derecho con vehemencia y reclama; luego alza el izquierdo y lo agita. Presiona. Exige. Sus gritos son alaridos. Estruendos que ya son familiares en El Campín. Además patea balones imaginarios, y celebra los goles como si él los hubiera anotado. Sin importarle si hay lluvia, sigue allí, correteando por la raya técnica; finalmente siempre está lavado en sudor, quizá más que los futbolistas que dirige. El estilo de Gustavo Costas, el técnico de Santa Fe, es así, de una pasión incontrolable. Es un ganador que no se cansa.

Fuera de la cancha no es así de vehemente. Habla con mesura. Con su acento argentino. Se permite un chiste y suelta una que otra carcajada. Aconseja a sus jugadores, les habla, se preocupa por su vida familiar, por sus problemas. Es estricto, pero muy tranquilo. Su metamorfosis se da cuando asoma en el túnel, cuando camina hacia la cancha. Cuando rueda la pelota, ya ha mutado.

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Esa actitud inquieta puede ser normal en alguien que a los tres años ya brincaba por las canchas. Era la mascota del Racing de Argentina, el equipo de sus vitalicios amores. A los 12 años, Costas ya jugaba allí; luego llegó a la primera división y como defensor central se convirtió en el jugador con más partidos en el club. En su club. “¡Llevo celeste y blanco en la sangre! No de argentina, eh, de Racing”, confiesa.

Pues en su equipo nunca pudo triunfar como técnico –estuvo dos veces–, pero en cambio se dedicó a recorrer el continente, a conquistarlo con títulos. El niño que fue mascota es hoy uno de los técnicos más ganadores de América.

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No quiere ver ni una basura cerca al banquillo. Si la hay, él mismo la recoge. Nunca deja su cronómetro –el mismo que lo acompaña desde “hace mil años”, cuentan sus allegados–, y no permite que se cambie el uniforme con el que se ganó un partido, al punto que institucionalizó las medias blancas para jugar de local.

Esas son algunas de sus excentricidades, de sus cábalas. Es como si no quisiera dejar nada al azar, como si cualquier modificación alterara el destino, y de paso un resultado.

Pero no es suficiente. En el banquillo técnico se vale de una ayuda adicional. Antecede su eufórica cesión de 90 minutos con un ritual: los ojos cerrados y tres besos a una estampita que siempre lo acompaña. Costas también es muy espiritual. Es devoto del Señor de los Milagros, algo que adquirió en su paso por Alianza Lima de Perú. Desde entonces, la estampita no lo abandona. Y le hace sus milagritos. Quizá por eso no triunfo en Arabia Saudita –uno de los pocos países a los que ha ido y no ha ganado–, donde sus plegarias debía hacerlas a escondidas por cuestiones culturales. En el club Al-Nassr tuvo un paso breve. Quizá un lunar. Lo suyo es en suelo americano.

Con sus cábalas y sus ideas ha recorrido el continente, como si fuera un prócer. Pasó por Perú, Paraguay y Ecuador, librando batallas, ganando coronas, conquistando aficiones. A donde fue ganó campeonatos. En Alianza Lima, en el 2003, obtuvo dos títulos seguidos. Allí se convirtió en un ídolo. Cuando se fue prometió volver. Y volvió en el 2009. Estuvo en Paraguay, donde dirigió a Guaraní (2001-2003), a Cerro Porteño (2005-2007) y Olimpia (2008). Con Cerro fue campeón. También fue a Ecuador y claro, sacó campeón al Barcelona (2012).

Cuando llegó a Colombia, en junio del 2014, ya era un técnico prestigioso. No llegó a Santa Fe con promesas, sino con realidades. En su primera entrevista a EL TIEMPO sentenció: “Me trajeron para ser campeón”. Y cumplió. Seis meses después ganó la octava estrella cardenal. Y el pasado martes ganó la Superliga. Nada de casualidades. Costas es un ganador que no se cansa, y que no deja nada al azar.

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Hay unas coincidencias que el fútbol se permite. Costas nació el mismo día que se fundó Santa Fe, el 28 de febrero, aunque en 1963. Hoy tiene 51 años y en su vida ha forjado ese espíritu de los sufridos, de los que crecieron fantaseando títulos e imaginando la gloria, como muchas generaciones de santafereños –no los de ahora, que se están acostumbrando a ganar–. Su Rácing duró 35 años sin ser campeón. Santa Fe, casi 37.

Como jugador vivió un descenso y el sufrido regreso a la A, con Rácing, pero ha tenido recompensas. Coincidiendo con la octava estrella cardenal, Rácing dio la vuelta olímpica en Argentina. Costas celebró doble, aunque con una deuda: sigue siendo un nómada que triunfa lejos.

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La noche en que Santa Fe logró la octava estrella, el pasado 21 de diciembre, Costas irrumpió en el hotel de concentración. Para su sorpresa, no había bulla, no había escándalo. Solo tranquilidad. El técnico incansable le hizo un nuevo llamado de atención a ese grupo heroico. “Bueno, ¿qué pasa?, parece que hubiéramos perdido. ¡Muchachos, ganamos. Somos campeones! –vociferó–. Y el grupo reaccionó, tal como lo hace en la cancha ante cada una de sus fulgurantes instrucciones. Hubo festejo.

Lo curioso es que mes y medio después, los jugadores seguían festejando, ahora con el título de la Superliga. Obedecieron la exigencia de Costas, que no quiere ver a su equipo pasivo, ni conforme; lo quiere ver al máximo: corriendo, luchando, celebrando. Seguramente quiere un Santa Fe que sea como él, que no se canse de ganar.

PABLO ROMERO
REDACTOR DE EL TIEMPO

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