Belo Horizonte, la primera sede de Colombia en el Mundial
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Belo Horizonte, la primera sede de Colombia en el Mundial

En una ciudad rica en minerales, cultura y fútbol, debutará la Selección contra Grecia: 14 de junio.

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26 de mayo 2014 , 07:17 p. m.

El rugido es ensordecedor. Son miles de gargantas, unas 30.000, la mitad del aforo, pero braman como si fueran el doble. El eco reverbera por cada rincón del estadio ‘Mineirao’, cuyo techo, que cubre todas las tribunas, parece encapsular el sonido. Este retumba, emocionante, contagioso. Los brazos se agitan. Las camisetas se despojan. La gente salta. Es un ambiente de carnaval. Son ‘torcedores’, y son de Cruzeiro, uno de los dos equipos de Belo Horizonte (el otro es Atlético Mineiro). Allí, en ese estadio donde los ecos erizan la piel, y en una ciudad tan futbolera y apasionada como cultural y fascinante, Colombia se estrenará en el Mundial de Brasil, contra Grecia.

A Belo Horizonte llegamos en una mañana calurosa un grupo de periodistas. Queríamos percibir fútbol y no tardamos en descubrir que estábamos en una ciudad que lo vive intensamente. “Bem-vindos. ¡Eu sou do galo!” (Bienvenidos. ¡Soy del ‘gallo’!), fue la lacónica presentación de un funcionario que nos recibió. La gente allí es así, apasionada por su club, y con una rivalidad exacerbada. O se es de Atlético Mineiro (el ‘gallo’) o del Cruzeiro (‘raposa’, zorra).

Esa noche jugaba Cruzeiro en la Copa Libertadores. La oportunidad para vivir el ambiente del ‘Mineirao’. Un clima caluroso, de unos 20 grados (se espera que disminuya en junio), permite que la gente vaya en ropas ligeras. Pantaloneta, esqueleto, tenis. Toman cerveza. Agitan sus banderas. Gritan que son mayoría. “Si Cruzeiro gana, el 70 por ciento de la ciudad está feliz”, advierte un eufórico. Caminan por las aceras. Las avenidas son imposibles. A unas 10 cuadras de distancia, el tráfico está colapsado. Tardamos más de una hora en bus en ese recorrido.

Pero la espera vale la pena. El estadio luce imponente. Gigante. Clásico. La fachada, aunque es una estructura vetusta, se ve atractiva, esférica. Tiene un aire de antigüedad. De tonos grises. Es la única zona del estadio que no fue transformada por ser patrimonio cultural. Sin embargo, dentro, al traspasar los amplios pasillos, se respira modernidad: sillas cómodas, gramilla impecable, pantalla gigante, tribunas enormes... Y ruido, mucho ruido.

El fútbol es vibrante allí. La gente habla de Ronaldinho (jugador de Mineiro) con devoción. Los de Cruzeiro, quienes esa noche enfrentaron a Real Garcilaso, de Perú, están enardecidos, son los vigentes campeones brasileños. Hablar con unos o con otros es encontrar discrepancias iracundas. Si hay algo en lo que coinciden, lo único, es en que allí el fútbol es pasión. Aunque no viven de él. Belo Horizonte, capital de Minas Gerais, con 2,4 millones de habitantes, produce minerales, su principal actividad económica (el 70 por ciento de las exportaciones de Brasil salen de Minas Gerais). Es una ciudad rica, sobre todo si de cultura se habla.

Sin playas, pero atractiva

Son las 8 p. m. (6 p. m. de Colombia). La vía está trancada. Las principales calles de Belo Horizonte suelen estar así. En esas pausas interminables se ve en las calles el fulgor de una ciudad dinámica. De vida nocturna. Repleta de gente que camina. Hay cafés, restaurantes, bares. Sobre todo eso. Belo Horizonte es considerada la ‘capital mundial de los bares’ con más de 14.000 establecimientos para tomar una cerveza fría a cualquier hora, o un trago de cachaza (bebida alcohólica popular brasileña). No hay playas, pero la gente está en las plazas, en los parques. Disfrutan del clima, visitan museos y lugares emblemáticos como el Mercado Central, donde abunda el pan relleno de queso (lo comen a toda hora), dulces, frutas, cachaza; o disfrutan del cautivante paisaje de Pampulha (laguna artificial rodeada de obras arquitectónicas como el estadio ‘Mineirao’).

La noche avanza; el caos vehicular también. Los buses articulados, parecidos al TransMilenio de Bogotá, implementados para mejorar la movilidad, están repletos. En medio de esa congestión nos topamos con una de las tantas zonas verdes de la ciudad. La Praça da Liberdade (Plaza de la Libertad), en el barrio Savassi. Es un espacio lleno de jardines, con esculturas, fuentes de agua. Un lugar de tranquilidad en medio del caos, rodeado de museos, como el de Minas y Metal, o el Memorial, donde se conoce la historia de Minas Gerais. Hay edificaciones exuberantes que representan la diversidad arquitectónica de la ciudad desde su fundación, hace 115 años. Sobresale el edificio Niemeyer, del famoso artista Oscar Niemeyer, cuyas obras (figuras en el concreto) están en toda la ciudad.

El paseo por la Plaza de la Libertad es obligatorio. También, la visita a la iglesia San Francisco de Asís, o al Instituto Inhotim, un jardín botánico de 110 hectáreas, que además es museo de arte, y que queda a 60 km de la ciudad. Es uno de los lugares más fascinantes de Minas Gerais y que se prevé repleto durante el Mundial.

Una ciudad en pantalla

Parece un cuartel general. Es un espacio de unos 900 metros cuadrados. Abundan los computadores y personal de seguridad. En frente hay una pantalla gigante dividida en pequeños monitores, que transmiten en tiempo real la imagen de más de 1.300 cámaras desplegadas en toda la ciudad y sus alrededores. Si algo pasa en las calles, en el aeropuerto, en el estadio, o en cualquier lugar de Belo Horizonte, allí, en el Centro de Comando Integrado de Minas, lo sabrán.

Son entre 34 y 36 órganos integrados para el Mundial los que trabajan allí. Policía Militar, Civil, Bomberos, emergencias médicas, movilidad, guardia municipal… Comenzó a operar el pasado 22 de abril. La ciudad, que espera unos 120.000 visitantes, está totalmente vigilada. Dicen estar preparados para cualquier eventualidad: crímenes, movilidad, terrorismo, bloqueos, manifestaciones… También para coordinar una caravana de 2.000 fanáticos de Bélgica que llegarán desde Río de Janeiro o a los temibles ‘barras bravas’ de Argentina.

Colombia no permanecerá mucho tiempo en Belo Horizonte. Será una visita fugaz para los aficionados, pero en la que no pueden dejar de comer pan de queso, tomar cachaza, fotografiar la majestuosa arquitectura de Niemeyer y vivir la experiencia de esos 90 minutos en el estadio ‘Mineirao’, donde el sonido reverbera y toma vida, donde el clamor de las gargantas pone los pelos de punta.

PABLO ROMERO
Redactor EL TIEMPO
Invitado a Belo Horizonte por Embratur (Instituto Brasileño de Turismo)

 

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