Julio 'el Comandante' Romaña y su historia de padecimiento
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Julio 'el Comandante' Romaña y su historia de padecimiento

El exdefensa de Santa Fe y Pasto, entre otros, quedó cerca de no caminar más por una operación.

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27 de junio 2013 , 05:49 p. m.

“¡Dios mío, por qué no me llevaste!” repetía a cada instante. Pasó de ser un recio defensor, a una silla de ruedas, un caminador, unas muletas, y ahora anda muy lento, con dificultades en su pierna derecha. Está saliendo de su drama, de su penumbra, de su agobio.

Ninguna alevosa entrada de un rival se acerca al extremo grado de dolor que ha soportado en los últimos dos años. Nervios y mucho dolor; indeseable combinación.

Se le apagaron las luces, así como cuando termina un clásico, los aficionados se marchan en medio del alborozo o la tristeza, y todo se queda en silencio. Ha terminado la fiesta. Papel picado y los cartones de la pirotécnica quedan tirados inservibles en las gradas o el césped.

Las batallas que mutaron en fiesta, fueron prolongadas para Julio Romaña en las canchas de Colombia, Costa Rica y Perú.

Hace más de 20 años, fue uno de los que brilló entre cientos de jóvenes que debían demostrar en escasos minutos el talento del que estaban provistos, para así poder superar el filtro de caza-talentos del Deportivo Cali en su exploración por Quibdó. Otro de los que iluminó fue Hámilton Ricard.

Además de los ‘azucareros, con los que debutó en la profesional, Romaña, jugó en Pasto, Santa Fe, Quindío, Cúcuta, Liga Deportiva Alajuelense (Costa Rica), y en los peruanos Cienciano y José Gálvez. Fue consistente, por momentos, una pared. Y bajó la persiana de su carrera, extenuado, encalambrado.

Deseoso de que los focos lo continuaran alumbrando, decidió convertirse en guía, un orientador, en ser entrenador.

Nervios y dolor

La toma de un analgésico eran suficientes para que Romaña controlara el leve dolor a causa radiculopatía lumbar que lo persiguió durante los últimos días como jugador.

Luego, lo que se suponía una cura se convirtió en un sufrimiento que aún perdura.

“Tomé la decisión de que me libraran el nervio que tenía comprimido e infortunadamente, fue una cirugía muy traumática. Perdí la sensibilidad de los miembros inferiores, quedé en silla de ruedas. Luego de cuatro horas de estar en la sala de recuperación, tuve un dolor fortísimo en la vejiga, las piernas se me pusieron como si fueran de cemento. Fue un viernes y al lunes siguiente, me volvieron a intervenir quirúrgicamente. El médico me dice que tenía unos hematomas que me habían comprimido la médula”, recuerda Romaña.

Hoy, tiene 39 años, mirada nostálgica, y el apego hacia la vida que alguna vez deseó perder. “Muchas veces pensé en no continuar, decía, ‘hasta aquí fue, no doy más’, pero tengo que agradecer a la sicóloga que me convenció de que esté era un proceso largo. Yo decía, ‘Dios mío, porque no me llevaste’”.

Su fallida operación fue devastadora; también arrasó con el producido durante más de 18 años como un atleta consumado. Vive solo, en una casa de familia en el barrio El Templete en Cali. “Cuando tenía crisis, me tocaba abordar un taxi e irme por urgencias a que me inyectaran morfina por las venas”, cuenta, sentando en una silla de madera en la Escuela Nacional del Deporte. Allí mantiene la mayor parte de su tiempo, allí lo están rehabilitando desde hace dos años, allí está haciendo un pregrado en deportes; allí es admirado por su rápida evolución.

Ya dejó la silla de ruedas, soltó el caminador, las muletas, y aunque renco, pero ya camina por sus propios medios, ya salió de la penumbra, pese a que sostiene estoicamente: “siento dolor las 24 horas del día”.


Héctor F. Gruesso
hecgru@diariomio.co
Redactor Diario MÍO

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