Navidad, por Nicolás Samper C.

Navidad, por Nicolás Samper C.

Columna de opinión para Futbolred

Nicolás Samper, columnista invitado.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

22 de diciembre 2017 , 09:57 a.m.

La navidad es para los niños. Esa era la frase que rondaba en mi casa cuando ya la adolescencia empezaba a caminar con pasos endebles, con la aparición de un bozo vergonzante y la llegada de flautas desafinadas en la voz. Y era verdad porque va uno perdiendo las dimensiones de antes y la preocupación sobre la vida es una palabra que se empieza a incorporar en el diccionario, por eso -lo he contado varias veces- en mi casa se decidió de manera dictatorial desde 1989 no volver a hacer el árbol de navidad porque no había acto más miserable que sentarse a peinar alfombras cubiertas de césped sintético que no cae con una simple barrida y sentarse a guardar luces medio fundidas el 10 de enero.

Nadie quería vivir eso más y con razones de sobra. Debe ser el peor plan de la historia porque ese acto es como sentarse a ver el entierro de la alegría. Es guardar la felicidad durante un año dentro de un par de cajas. Ese cierre tan deprimente tiene ese significado: ya se acabó el tiempo de la dicha. Ahora a regresar a hacer trabajos forzados. O así lo entendí yo en el momento en el que la navidad se esfumó de la cotidianidad hogareña.

Obvio, los regalos también empezaron a disminuir porque los grandes ya pierden ese derecho: ahora ellos son los que tienen que obsequiar. Y yo que además cumplía pocos días después de navidad también sufría horrores el famoso combo navidad-cumpleaños. La promoción 2x1 era mi drama personal y el aferrarme a que lo material era pasajero, mis únicas armas para sobrevivir ante el cambio. No había de dónde más agarrarme.

Y así se ha pasado la vida, esperando regalos de otro tipo: alegrías más que empaques para destapar. Y el fútbol es un canal conductor de esa clase de pequeñas victorias, de regalos inesperados que nos pueden pintar una sonrisa que parece perpetua y que cubre esa necesidad de sentirnos queridos, de sentirnos importantes.

Entonces cuando la temporada de nuestro equipo es mala, uno siente que más allá de haberse portado bien todo el año el obsequio que el destino ha tenido empacado desde principio de año para uno es una generosa bolsa de carbón para disfrutar hasta la próxima navidad. Y el vecino que celebra con goles y títulos es como el niño de la cuadra al que siempre le daban los mejores regalos y que como Quico, salía a jactarse de eso frente a uno que, como el Chavo del ocho, apenas podía lucir una caja de cartón amarrada a una cuerda.

Por fin la navidad volvió a golpear la puerta de mi casa aunque no haya árbol, ni cajas con moños grandes. Mi navidad llegó el 17. Y no quiero que se acabe nunca.

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