Impresentable, por Nicolás Samper

Impresentable, por Nicolás Samper

Columna de opinión sobre las presentaciones de los futbolistas en sus neuvos clubes.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

30 de agosto 2017 , 12:56 p.m.

El fútbol se ha llenado de cosas que antes no tenía: una de ellas son las famosas presentaciones en sociedad de los jugadores que en el fondo son tipos que de pronto, cuando se miran al espejo, se dan cuenta de que valen más de lo que ellos mismos pagarían y que saben que cualquiera de sus actos va a jugar siempre en su contra, no importa cuál sea.

Es que esa exposición es entrar perdiendo 1-0 a un campo de fútbol, de visitante y sin que la pelota en realidad haya rodado. Es así. Porque todo el mundo va a estar muy pendiente de cada hálito y de cada suspiro; de cada mirada y de cada parpadeo mientras que el protagonista mira alrededor y está absolutamente solo, sin apoyo, sin que nadie lo defienda. Es como cuando uno va a la casa de la novia para que lo conozcan los papás y el resto de la familia y uno, que no es un filibustero o un miembro de una tribu caníbal, igual toma precauciones: ¿Me llevo tennis o zapato de material, como dicen las señoras?, ¿Si veo un cubierto extraño, qué carajos hago? ¿Saludo de mano a la mamá? ¿o de beso? ¿Si empiezan a hablar de intenciones de voto para las próximas elecciones presidenciales mejor me callo la boca y no pronuncio palabra o me agarro con toda la familia para hacer un Romeo y Julieta contemporáneo? Si mi novia se va al baño ¿Me voy con ella y la acompaño como un niño asustado y mientras oigo sus efluvios la espero ahí, en el borde de la puerta para no sentirme desprotegido o encaro como varón tanta pesquisa que harán estos extraños durante esos minutos de soledad?

Opera el miedo de la misma manera y las inseguridades brotan como flor en tierra fértil. Entonces llega la hora de aparecer. Los directivos, previo aviso, han abierto las puertas del estadio para que los demás también estén presentes en el primer instante que la esperanza prometida. Entonces no se sabe qué es peor: que lleguen 500 personas para un estadio majestuoso o si las tribunas están abarrotadas. Los dos escenarios producen temor, sin duda.

Entonces, con toda esa información en la cabeza, el tipo sale al campo y le tiran un balón, a ver qué es lo que sabe hacer. A ver si es que tanto empeño dirigencial por desembolsillar millonadas por su cabeza sí valieron la pena. A ver si por fin este es el muchacho elegido por los dioses. Y surge la humanidad de todos lados: de Dembelé, que por lucirse toma la decisión de parar una pelota y se le va larga y para corregir, intenta una bicicleta que termina chocando contra sus nalgas. O a Marco Pérez en La Romareda gambeteándose a sí mismo con tanto éxito que termina haciendo al mismo tiempo dos interpretaciones: la del atacante habilidoso que dribla y la del defensa torpe que cae al suelo ante tanta culebra.

Y los demás le caen con toda, con carcajadas burlonas o con ácidas críticas porque ese señor que dicen que vale tanto no es más que un mortal. Al pobre le toca cargar desde ese instante con otra carga más: el de haber fallado en el proceso de lucirse en su primera impresión.

Me acuerdo de Denilson, un encantador de la pelota que parecía tenerla atada. Tanto era su talento que en Betis imaginaban ser campeones con él luego de su presentación. El resultado fue bien distinto: el club de Sevilla se fue a la B esa temporada y el brasileño fue el comandante de ese Costa Concordia.

He conocido amigos que han sido un desastre a la hora de encarar ese miedo escénico ante los papás y se han ganado por su propia torpeza la antipatía de los suegros aunque sean más buenos que el pan con sus respectivas novias. Y a genios que atildados y cosmopolitas vendieron humo en una cena familiar pero que son unos perfectos guaches con sus cónyuges. Y también grandes atarvanes en cualquier espectro o tipos fantásticos en casa ajena y propia.

Todo es relativo aunque con el fútbol inflado por cuenta de los millones absurdos que se pagan por los seres humanos, un acto de presentación erróneo indique que el jugador contratado y el valor pagado por él tampoco tenga ningún tipo de presentación.

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