Llenura de aguante vs. hambre de títulos

Llenura de aguante vs. hambre de títulos

Una mirada al Millonarios de hoy tras la eliminación de las semifinales de la Liga I-2016.

Federico Arango, subeditor de opinión de EL TIEMPO.

Federico Arango, subeditor de opinión de EL TIEMPO.

Foto: Archivo particular

07 de junio 2016 , 11:10 a.m.

Hay quienes hoy van a un restaurante de vanguardia y salen con el estómago vacío pero felices gracias a la experiencia que les vendieron. Creo que algo similar ocurre ahora con los hinchas más jóvenes de Millonarios que salen del estadio eliminados pero felices gracias a la experiencia que vivieron.

Tengo la intuición, que claro que puede estar equivocada, de que para estas nuevas generaciones hay otras prioridades a la hora de establecer la escala de valores de su relación con el equipo. Y hago esfuerzos por no condenarlos. Pues lo mío, más que amargura –de lo que me acusarán y acepto en parte los cargos- es sincero desconcierto, el normal que todos sentimos al comprobar que no pudimos mantener el paso de los tiempos que corren.

Percibo que el aguante; la entrega; las gesticulaciones de cuerpo técnico y jugadores; en suma, los ingredientes dramáticos e histriónicos pesan hoy mucho, mucho más que antes.

Como en los restaurantes de moda, insisto. En estos lugares la decoración, el encanto que pueda proyectar el mesero, los olores que impregnan el ambiente, las texturas que los comensales sienten al embadurnarse las manos, el aire de sofisticación y exclusividad que se respire, el discurso (plagado de ‘diálogo, fusión, notas, ancestros’) que envuelve de dudosa verborrea algo otrora tan sencillo como llevarse un bocado a la boca y digerirlo, todo, todo eso es más importante que saciar el hambre.

Saciar el hambre de victorias y títulos era también lo fundamental hace treinta, veinte años para los hinchas. Los logros deportivos eran todo, no había más rasero, no existían los matices de hoy. La pregunta fundacional de mi identidad como seguidor de Millos era la que indagaba por el resultado del más reciente partido y seguida a esta la de la ubicación en la tabla. Punto. Que si el técnico hizo monerías, que si los jugadores terminaron con una cantidad de partículas de materia orgánica en sus uniformes superior al estándar, que si el capitán prometió sellar con sangre y babas su pacto de amor eterno con el pueblo azul era algo realmente secundario.

Lo eran también las declaraciones del técnico antes y después del partido: meros lugares comunes, inexpresividad y frases de cajón para salir del paso eran la norma. Con menos cámaras y micrófonos encima, los estrategas hablaban del partido que venía, del que pasó y de tres o cuatro cosas más.

Nada que ver con los actuales arroyos de prosa de los ‘profes’ recientes que versan sobre lo divino y lo humano, sobre metafísica aplicada a la sicología deportiva, pero también sobre ecosistemas de juego sostenibles y mandalas tácticos que enamoran al niño interior de hinchas y jugadores. Un desprevenido que cambie de canal se cansaría rápido de estos pastores, de estos vendedores de tónicos milagrosos.

Paradójicamente, esos técnicos de antes sí que vivían en el presente, como recomiendan los gurús de la autosuperación: gané, clasifiqué, entonces me quedo. Perdí, me eliminaron, fracasé y me voy. Ya. Nada de invitaciones a miradas de largo plazo que contemplen la importancia de procesos con hitos en el tiempo en aras de un fin ulterior que no necesariamente pasa por las vueltas olímpicas sino que toca aspectos más profundos, misteriosos y maravillosos del ser que solo unos pocos iluminados podrán llegar a sentipensar. Paja.

El asunto es que esas palabras son música celestial para los oídos y el corazón de los hinchas jóvenes. Que esto sea así, quizás tenga que ver con el papel que en sus vidas desempeña el equipo.

Una relación que hoy, sospecho, tiene encima muchas más responsabilidades que antes en cuanto a suplir necesidades básicas de pertenencia y sentido de la existencia.

En fin, allá ellos, las nuevas generaciones, con sus técnicos gourmet. Con sus experiencias, con su misticismo de dudoso cuño. A juzgar por sus rostros, por sus tuits, la pasan bien, o al menos lo aparentan bien pues ya sabemos que la tristeza es pecado capital castigado con destierro en sus círculos.

Yo, en cambio, seguiré anhelando esos técnicos, esos jugadores, esos directivos que sin tanta pompa, callados, cumplían con su deber de evitar a toda costa el aguante. De hambre de títulos que, en mi caso, sí que son nutrientes para el alma.

Federico Arango Cammaert
Subeditor Opinión de EL TIEMPO

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