Los hinchas de Messi

Los hinchas de Messi

Esta columna no pretende detonar un esfuerzo para nadar contra la corriente del tiempo.

Federico Arango, subeditor de opinión de EL TIEMPO.

Federico Arango, subeditor de opinión de EL TIEMPO.

Foto: Archivo particular

22 de julio 2015 , 04:54 a.m.

Es algo inevitable y esta columna no pretende detonar un esfuerzo para nadar contra la corriente del tiempo. Que quede claro.

Asumo que nada podrá detener la manera como ha cambiado la relación de la gente, en particular los más jóvenes con el fútbol. Las razones se pueden resumir, burdamente, en un solo concepto: globalización.

Hablo desde mi historia de vida. Apenas tuve uso de razón se me introdujo a la dicotomía Millos-Santa Fe. Estaba en todo, desde los futbolines con sus muñecos azules y rojos hasta en Dejémonos de Vainas. Aunque desde antes de nacer ya estaba decidido -y menos mal- que yo sería azul por una veta embajadora que había en la familia, no por ello estuve exento en mis primeros años de uso de razón de violentas arremetidas de adultos santafereños con actitud e ímpetu evangelizador de vendedor de Herbalife para lograr mi conversión.

En televisión -noticieros, “Teledeportes”, “Semana deportiva” los sábados por la mañana patrocinado por Casa Olímpica calle 17 número seisdoce, Bogotá- en prensa escrita -Revista Cronómetro, secciones deportivas de los periódicos-, casi todo el espacio estaba dedicado al torneo local. Algo similar ocurría en las conversaciones cotidianas. Las ligas de afuera eran tema de la minoría que podía viajar o tener parabólica.

Los demás teníamos que acudir, en El Tiempo, a la sección “Deporte en cifras”, donde se publicaban resultados y posiciones. En la pantalla chica, los viernes por la noche pasaban partidos a veces con más de una semana de retraso de la liga Argentina. Noticias del fútbol del sur llegaban a través de la revista El Gráfico que traía a precios exorbitantes Juan Linares y que yo conseguía en la droguería Nueva Delhi de la carrera 15 con calle 90.

También teníamos la Bundesliga en el canal 11 que muchos veíamos no tanto por lo que pasaba en la cancha sino por el genial filtro que le imprimía la voz del gran Andrés Salcedo.

A lo que voy es a que desde muy joven aprendí también que ser hincha exigía un cierto rigor. Obligaba a una disciplina que incluía una cierta competencia con mi primo, el hincha responsable de mi fe, para ser el más informado sobre el presente y el pasado del equipo. No se había acuñado aún el mote “clasiquero”, pero todos le temíamos.

Y es que recitar la titular era el credo, los resultados recientes las jaculatorias. Al ser tan reducido el espacio en televisión, pues solo existían dos canales, había que tener una conexión intravenosa permanente con la radio. Oír La guerrilla deportiva (no se habían inventado la corrección política para entonces), La polémica, Buenos días deporte, el Noticiero deportivo nacional, Por los campos del deporte, entre muchos otros.

Los días de partido era preciso estar listo desde las 12:30 que era cuando arrancaba la transmisión. Devorar las escasas publicaciones que existían, primero la mencionada Cronómetro luego Deporte Gráfico, el Diario Deportivo y las esporádicas ediciones de la revista Millos.

Ahora contrasten todo esto con el presente. En todas nuestras familias hay niños de seis, ocho, diez años fanáticos ni siquiera del Madrid, sino de CR7, de Messi más incluso que del Barça.Los mismos que dicen ser de Millos, Santa Fe, Nacional, el que sea, más que por ver contento a su padre que no entiende a qué horas el muchacho tomó por ese rumbo. Y que pocos datos tienen que memorizar, pues a la mano siempre estará Google. Igual, el fetiche por los datos tiende a diluirse.

Para ser concreto: los suyos en materia futbolera son gustos que eligieron y que desempeñan un papel totalmente diferente en sus vidas y ahí está la clave. Van a la fija al goce. Un partido malo, en un estadio feo con la cancha llena de parches no les cautiva, cambian de canal.

Un “gramado” como el del Centenario antes que morbo les produce pesadillas, sincero disgusto.Tratar de inculcarles interés por la manera cómo el Unión por décadas estructuró su juego en torno a los morritos del Eduardo Santos es tiempo perdido. El vínculo que tejen, insisto, es de otro tipo y no tienen la culpa, son hijos de su tiempo.

Mi hipótesis, es que nosotros construimos una parte importante de nuestra identidad apoyándonos en nuestro equipo y de ahí el ánimo para dedicarle tanta energía al tema, pues cualquiera que encuentra una fibra que le ayuda a saber quién es se mete de cabeza en el asunto.

Pero por más potente que fuera era algo impuesto y tampoco había más alternativa.

Ya no es así. Ahora no solo se trata de una libre elección con opción de devolución si no hay satisfacción del cliente, de una experiencia mucho más estética que mística, sino que la pregunta que la guía, por cuenta del elemento aspiracional, es quién queremos ser. Ya no quién somos, o, más aún, de dónde venimos. Y eso, señores, cambia todo.

Federico Arango
Subeditor de Opinión EL TIEMPO

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