Atlético Nacional en el Mundial de Clubes: ¿Turismo o juego?

Atlético Nacional en el Mundial de Clubes: ¿Turismo o juego?

El verde antioqueño se adecuó para participar, pero no para competir.

Esteban Jaramillo, columnista invitado.

Esteban Jaramillo, columnista invitado.

Foto: Archivo ETCE

16 de diciembre 2016 , 03:32 p.m.

No fue por la tecnología que Nacional fracasó en Japón, como algunos discursos sesgados lo han querido sugerir. Al fin y al cabo, Colombia la pidió insistentemente hace un año, como elemento fundamental para ahuyentar el fraude en el juego. Con ella, castigó a tres actores recientes: Darío Rodríguez, Javier López y Jhon Mosquera, que pusieron a crujir el reglamento con sus acciones.

Las vanidades hablaron al oído de los verdes, la exaltación primó sobre la prudencia y su eterno rostro de campeón se desfiguró por la incapacidad para descifrar a un modesto rival, por su inseguridad en las dos áreas pese al dominio rotundo del balón, y la saturación de errores estratégicos para planificar la competencia.

Dicho de otra manera, Nacional preparó su viaje, su turismo masivo, su juego final contra el Real Madrid, sin mediar el camino, inconsciente de que los demás rivales también generaban peligro. “Ensillo la mula sin tenerla”, como recalcaron en el pasado los abuelos y campesinos paisas. Se adecuó para participar, pero no para competir.

Qué diferentes fueron el Nacional de Maturana y el Once Caldas del ‘profe’ Montoya, cuando aún se programaba la Intercontinental, una Copa a un partido con dos grandes protagonistas mundiales, de mucho más perfume, que arrojó para los nuestros un saldo digno, con finales intensas, trepidantes, llenas de suspenso y drama. Aquella vez se jugó mejor al fútbol, se trabajó con mayor seriedad y a punto estuvieron ambos de alcanzar la cima.

El Nacional actual, sobrado de recursos, se contaminó. No logró identificar los rasgos de equipo contundente, ganador, porque abrió la puerta a facetas desconocidas, dentro y fuera de la cancha. Los medios, inconsecuentes, prepararon el torneo haciendo del equipo un campeón sin competir, empecinados en retóricas de triunfo distantes de diagnósticos reales, lo que hizo más dura la caída.

Un tropezón cualquiera da en la vida, se dirá. Pero otro era el saldo que los aficionados esperaban y pretendían. De allí la desazón. Maquillar la caída, con justificaciones pueriles, en lo que tantos colombianos son expertos, equivale a esconder la cabeza como el avestruz.

No es el fin, no es una encrucijada, no es un fracaso global, pero sí es una mancha difícil de borrar en un año esplendoroso para Nacional, que por un día deformó su rostro de campeón.

Esteban Jaramillo Osorio
En Twitter: @estejaramillo

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