El día que cambiaron al Pibe, por Nicolás Samper C.

El día que cambiaron al Pibe, por Nicolás Samper C.

Columna de opinión sobre el excapitán de la Selección Colombia.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

04 de octubre 2017 , 07:30 a.m.

Fue de esas decisiones que podían mandar todo al barranco. Pero había que correrla si se quería volver a un Mundial después de 28 años de no hacerlo y la cosa salió bien, mucho más bien de lo que se esperaba porque había bastante para perder.

Colombia se fue a jugar un durísimo cartucho en Barranquilla frente a Paraguay en la eliminatoria rumbo a Italia 1990. El duelo anterior había dejado heridas de todo tipo en Asunción: desde un perro pastor alemán que correteó a la banca colombiana con sus feroces dentelladas -que si la memoria no me falla tuvieron descanso al morder las mullidas carnes de Eduardo Niño-, hasta el siempre vergonzoso arbitraje de Hernán Silva cuando veía una camiseta colombiana al frente hizo que el equipo de Francisco Maturana cayera 2-1 en la capital guaraní. Esa derrota y la historia paraguaya nos ponía en un universo en el que la victoria era una obligación.

Y en ese primer tiempo se notó el nerviosismo de todos: por primera vez Colombia perdía la pelota con facilidad y no generaba nada frente al arco de Roberto “Gato” Fernández, reemplazante de lujo del entonces juvenil José Luis Chilavert. Carlos Valderrama, el faro, la luz guía, la linterna del celular en medio de la oscuridad, no encendía su bombillo y entonces a los de Maturana no se les daba nada fluido en el campo. Y justo el Pibe, uno de los más grandes de nuestro fútbol y encargado de transportar la pelota para los delanteros, no estaba en una tarde feliz. Sin dudarlo debió ser el día más opaco de Valderrama en su historia como jugador de selección, pero era un intocable: su magia podía cambiar el escenario en cualquier momento y por esos tiempos era nuestro orgullo al estar enrolado en el fútbol de Francia con el Montpellier. Sin embargo ese día los trucos en la manga parecían escasear.

Para completar la tragicomedia inicial, un pase largo terminó en los pies de Alfredo Mendoza y derrotó a un crucificado René Higuita. Con el 0-1 al acabar la primera etapa estábamos de nuevo lejos del Mundial y, como en la eliminatorias de 1986, a costa de los paraguayos.

No parecía encontrarse una solución a la vista. Y más sorpresa generó ver que la paleta de cambios al comenzar la segunda etapa marcaba la salida de Valderrama, por ese tiempo marcado con el número 12, herencia de su paso como manija del Deportivo Cali, y el ingreso del 17, Luis Alfonso Fajardo, volante de mucha habilidad y figura de Atlético Nacional.

Fajardo se comió la cancha: armó el primer gol con un pase a profundidad que terminó en un centro de Rubén Darío Hernández conectado de cabeza por Iguarán y gestó el segundo tras varias gambetas, una asociación con Usuriaga -que luego sería indispensable frente a Israel en la repesca-, un penal que no le pitaron y que generó un rebote que le cayó a Rubén Darío Hernández, autor del zapatazo que le dio a Colombia un triunfo de esos que curiosamente a pesar de su importancia, no resultó tan inolvidable porque en ese entonces que las eliminatorias se jugaban con grupos de tres equipos, era menester esperar la fecha final en la que se enfrentaban la eliminada Ecuador y los paraguayos que aún estaban vivos y con todas las chances. Ganó Ecuador 3-1 y pudimos gritar que estábamos en el repechaje ante los israelíes.

Ese juego, medio borroso en la mente, dejó esa lección de saber reemplazar hasta a los irremplazables. Porque el Pibe -salvo aquel duelo ante Suecia en el que se lesionó la rodilla, previo a USA 94- nunca más salió antes de que se acabaran los 90.

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