A las patadas, por Jenny Gámez A.

A las patadas, por Jenny Gámez A.

Columna de opinión sobre los partidos de ida de los cuartos de final.

Editora Futbolred

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Foto: Filiberto Pinzón

28 de noviembre 2017 , 04:18 a.m.

Una rotunda decepción. Eso fueron los partidos de ida de los cuartos de final de la Liga II. Agresiones, miedo a perder, pánico a arriesgar, tacañería total de fútbol en cuatro partidos que no dejaron nada para el espectador.

Las tristezas empezaron a contarse en el estadio de Techo, donde no se cayó una idea. Aquel Equidad de Luis Fernando Suárez que se destacó en la ronda todos contra todos por su carácter y su disposición para buscar resultados, más jugando de local, no quedó ni el rastro.

Un equipo miedoso, refugiado e inseguro le abrió espacio a un Millonarios al que no se le antojó tampoco jugar el fútbol que sabe. En esa dinámica del temor a una sorpresa, los de Russo no arriesgaron nada y se dedicaron a ver pasar el tiempo en vez de asumir su papel de favorito de la llave. La excusa de ‘sumar de visitante’ le calzó perfecto y le sirvió para robarles a los pocos hinchas en las tribunas su derecho a un espectáculo.

Qué decir de Jaguares. Se agota en un párrafo lo que ambos propusieron en Montería. De hecho, en una palabra: nada. De no ser por la acción temeraria de Javier López –que segura y justamente será castigada por Dimayor- no habría nada que decir de esa llave. ¿A dónde se fue el equipo alegre, atrevido, lleno de alternativas ofensivas de Hubert Bodhert?

A Bogotá, ahora con la excusa de ‘sumar’, ya no llegará. Y allí tampoco se espera ningún tipo de sorpresa: Santa Fe de Gregorio Pérez no luce, no se excede, con un gol suma tres puntos y con eso le puede alcanzar hasta para ser campeón. La luz de las victorias elimina todas sus sombras.

Ir hasta Ibagué es insistir en prolongar la agonía. ¡Que pobreza más aterradora! El gol de Santiago Mosquera fue, literalmente, de otro partido porque Tolima no sólo hizo poco para lograrlo sino que además se dio el lujo de desperdiciar penalti.

Y Nacional volvió a deambular, perdido en un libreto que no parece estar entendido del todo (y eso que ya va un semestre de lecciones), muerto de hambre con la nevera llena de talento y con un DT orgulloso de un equipo que, dice, crea muchas opciones de gol pero decide mal en la puntada final. ¡Casi nada le falla! De super favorito a super inofensivo, así, sin escalas. El más puro sello de Juan Manuel Lillo.

Lo triste, lo más triste de los cuartos de final, es que lo que en el sorteo parecía una promesa de fútbol no pasó de eso: América vs. Junior.

Dos equipos en racha no tuvieron compasión con una hinchada americana ejemplar, que se ha cansado de dar espectáculos conmovedores en el Pascual para apoyar a su equipo.

Fue una gran estafa: apenas 20 minutos de ilusión, de ver a uno de los locales más fuertes de la Liga con ganas de atacar y soñando con un gol de ventaja para la durísima vuelta en Barranquilla, frente a un equipo de Comesaña aplomado, serio, acechando para intentar el contragolpe.

Y de pronto, Viera manejándole el partido a un juez sin carácter, Olmes García -en la gran Javier López- agrediendo por agredir, Vélez en modo Rambo cuando era su experiencia la que se necesitaba para sortear un partido tan duro, Blanco en la suya, repartiendo patadas sin compasión, y Teo, que no falla nunca, castigando a Elkin con una vergonzosa deslealtad. Once tarjetas amarillas y al menos dos rojas que no se mostraron. Peleas y putazos. Lindo punto final.

La imagen de Yonathan Murillo, con heridas en el rostro y en la cabeza, habla de la porquería que eligieron los futbolistas para robarles a los hinchas el espectáculo al que tienen derecho.

Se fueron cuatro partidos en estúpidas muestras de valentía por las que es un irrespeto cobrar. De nada sirve tener a los equipos ‘grandes’ en las finales si hay que resignarse a verlos en toda su pequeñez. 

Jenny Gámez A.
Editora Futbolred
@jennygameza

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