No entiendo

No entiendo

Nicolás Samper ya vivió su primera experiencia con la barrera idiomática en el Mundial de Rusia.

Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

14 de junio 2018 , 06:09 a.m.

La llegada a Rusia implica encontrarse con uno mismo porque, claro, es el reto de ir al Mundial de fútbol y vivir todo lo que allí ocurre. Pero de entrada hay una gran barrera que hace que regresemos un poco a los momentos en los que a falta de expresión oral, tengamos que acudir a las señas y los gestos para encontrar aquello que se nos perdió y también lo que no se nos ha extraviado.

Entonces es empezar a ser mimos, como Marcel Marceau, en cada instante porque los locales poco acuden al inglés. Defienden su lengua y desde ahí se comunican. Y ahí está un poco esa magia porque a ellos también les toca ponerse la vestimenta de cuadros, la cara blanca y las cruces en los ojos para tratar de comprender al que llega a visitarlos. Si usted va a atravesar un sendero prohibido ellos, que no nos entienden, ponen la mano en alto y a punta de gruñidos lo hacen regresar a uno al sendero indicado y uno, a punta de onomatopeyas de capítulo de Batman, se hace comprender.

Pero esa barrera persiste y persistirá hasta el 16 de julio que estemos en Moscú y alrededores, porque el cirílico no da para comprender tanto. Quedan baches internos e inseguridades porque el discurso entre todos parece quedar a medias y las cosas quedan como a medias. Así pasó cuando de Frankfurt -donde los chequeos a los maletines parecían interminables por cuenta de las múltiples medidas de seguridad- aparecimos en las ventanillas de inmigración del aeropuerto Domodedovo. Un moscovita me atendió para marcar el pasaporte y a su lado, también en la parte de enfrente del mostrador, estaba una funcionaria que cumplía la misma labor. Muy bonita ella, de ojos azules, profundos como si fuera una agente de la Gestapo lista para hacer un interrogatorio. Muy joven, piel blanquísima y cara de póquer, que es un poco el símbolo de cualquier tipo que trabaja recibiendo turistas en las ventanillas.

Ellos dos miraron mi pasaporte. El hombre le mostró mi foto a la mujer y ambos se miraron y se rieron tímidamente. Yo quería preguntarles por qué carajo se estaban riendo. No sé si alguno de mis apellidos tenga un significado grosero, si la cara de idiota se acentuó más en la foto del documento. Tenía muchas preguntas para hacerles pero ante la barrera idiomática me las tuve que guardar.

Cuando esté de regreso confío en volverlos a ver en el Domodedovo para preguntarles qué era la risita.

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