Morir

Nicolás Samper FUTBOLRED
Abril 18, 2017

Tres casos al azar de la tragedia en medio de un partido de fútbol.

FOTO: Archivo Particular

Nicolás Samper, columnista invitado.

Vio que el reloj marcaba las 6 de la tarde y se puso rápido su blazer, el que dejaba colgado en el respaldo de su silla que ocupaba en el Banco Shaw. Era un tipo como usted o como yo: de esos que de pronto deciden saltarse cualquier plan estipulado para pegarse la escapada hacia el estadio. No tenía pocos motivos, porque su equipo había ganado en la fecha anterior y eso le daba aire para tratar de esquivar el descenso que le estaba respirando en la nuca.

Resolvió sus asuntos sentimentales rápidamente: le prometió a su novia que se verían al final del juego en un restaurante conocido por ambos. Le dijo que lo esperara allí, en la mesa de siempre y salió raudo a buscar una entrada en la tribuna popular en medio de un ambiente caldeado. Se ubicó entonces en uno de los puestos de La Bombonera, donde se albergan los hinchas visitantes, y era cuestión de sentarse a esperar a que comenzara el juego.

La muerte le dio un par de avisos esa noche oscura, porque en medio de la penumbra el cielo se iluminaba con el fulgor de las bengalas náuticas lanzadas por la barra brava de Boca y que representaban un peligro para cualquiera. En un momento se distrajo y no vio el haz de luz incandescente que se le incrustó en el cuello y que lo mató de inmediato. Tenía 26 años. Su nombre: Roberto Basile.

Lo de Tony Bland fue un poco más largo, más cruel. Se desvaneció y jamás recuperó el sentido. Una multitud empezó a aplastar todos sus órganos el 15 de abril de 1989. Con 19 años a cuestas, lo único que le importaba era ir a ver a Liverpool, su equipo del alma, que iba a jugar una tremenda parada ante el Nottingham Forest en las semifinales de la FA Cup. Su vida se extinguió luego de que cientos de hinchas de su club terminaran metidos en una trampa mortal en el estadio de Hillsborough, en el sector trágico de Leppings Lane.

Bland no pudo luchar mucho pero su cuerpo se resistía a morir: duró cuatro años postrado en una cama con muerte cerebral hasta que en 1993 la justicia inglesa le dio a sus padres el permiso de darle una muerte digna.

Jansel David Poveda vendía bolis en Barranquilla y con eso se hacía unos pesos para ayudar en su casa y para ahorrar con tal de ver al Junior de Barranquilla en el Metropolitano. Se iba a la popular para alentar a Junior en la tribuna sur, igual que Vanessa Rodríguez. A ambos los unía el amor por el tiburón y sin saberlo, los dos se pusieron una cita el 2 de noviembre del año 2003 en el segundo piso del estadio.

El juego iba a ser clave porque Junior debía vencer al Tuluá si quería clasificar entre los ocho mejores. Le costó un montón a Junior esa tarde: Tuluá se defendió como pudo hasta el minuto 90 pero Emerson Acuña decidió que ya estaba bueno de tanto padecer y metió un golazo para hacer estallar a todos.

Finalizado el juego, los jugadores fueron a tributarle la victoria a los fanáticos ubicados en el segundo piso. Ahí, en esa cornisa, Jansel David y Vanessa estiraban los brazos para agradecer a sus ídolos todo lo brindado en el campo y justo en el momento de mayor alegría la baranda de protección no pudo aguantar tanto cariño. 36 hinchas cayeron desde una altura de seis metros. Vanessa y Jansel fallecieron ahí, con esa última imagen de su equipo triunfante.

Son apenas tres casos elegidos al azar de personas que como usted o como yo, salieron un día hacia el estadio y se quedaron allí. Se me vinieron a la mente luego de ver el horror de Emmanuel Balbo durante el Belgrano-Talleres del pasado fin de semana.

 

Nicolás Samper
Columnista de Futbolred

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