El día después de mañana

El día después de mañana

La columna de Jenny Gámez, editora de FUTBOLRED, sobre la Selección Colombia.

Jenny Gámez recortada final

Jenny Gámez recortada final

Foto:

30 de junio 2018 , 01:30 p.m.

Todos los días nos dicen que aterricemos, que esto no termina con la clasificación a octavos, que ellos se ven mucho más arriba y, sin sonrojarse, le apuntan a la final de Moscú. Piden calma. ¡Como si fuera tan fácil!

El tema es que para ellos lo es. Entienden que su cara auténtica es la de Kazán y hasta se acomodan a la de Samara porque les enseñó a saber sufrir.

Pero más que eso, no reniegan de la de Saransk ni del inesperado debut porque ese día aprendieron más lecciones que en el duelo con Polonia, en la mejor exhibición de fútbol que dio el equipo desde el estadio Maracaná, contra Uruguay, hace cuatro años.

Como se conocen, como ven en las prácticas lo que para el resto del mundo es un absoluto misterio, no les sorprende el mundial de Quintero, ni la sutileza de James, ni el sueño de Falcao, ni las diagonales de Cuadrado, ni el sacrificio de Barrios, ni el liderazgo, tampoco la movilidad de Mateus y mucho menos la potencia de Mina: el propio Dávinson contaba que sus goles se entrenan en la cancha de Sviyaga para que salgan como en Kazán y Samara y, ojalá, como en Moscú, este martes frente a Inglaterra.

Lo que no sabían, y lo sorbieron en pequeños tragos de amargura, es que no es suficiente saberse bueno si no hay capacidad de demostrarlo. Por mucho que argumenten la inconveniencia de la expulsión –que hace parte del juego y que además dio 87 minutos para encontrar sin éxito una solución-, allá adentro saben que fueron menos de lo que esperaban de ellos mismos y se lo reprocharon. Si hubo o no exceso de confianza es una verdad que no saldrá del camerino en años.

Pero fue ese impacto de realidad lo que abrió la puerta a la versión de Colombia contra Polonia, rival al que le valoraron cada punto con inusitado rigor, le tiraron encima todo el talento que saben que hay y le cobraron con sangre cada pestañeo.

Y ahora fue Inglaterra. Pudo ser Bélgica, uno de los de puntaje perfecto en este Mundial, pero fue el país adoptivo de David Ospina, Dávinson y José Izquierdo, quienes respiraron aliviados en Samara. Es verdad que no se le ganó nunca en la historia, pero lo es que nunca antes había tenido Colombia el equipo maduro, pleno de magia, roce, inteligencia y sacrificio que tiene hoy.

Sin saber cuál será la situación de James, el jugador que le da el salto de calidad a su país, es claro que Colombia entendió, fruto de la experiencia de haber competido al más alto nivel en dos Mundiales al hilo, que la soberbia castiga, que la confianza engrandece y que la unión absorbe hasta el más duro de los golpes del destino.

Lo que tiene la Copa Mundo es que irrespeta la historia y la camiseta y se burla del favorito que se lo permita. Alemania, por ejemplo. Y además premia al que supera su limitación a base de sacrificio y solidaridad y encumbra al que resuelve el misterio por excelencia de un deporte en el que marcar es cada vez una agonía. Cristiano Ronaldo, por decir… para no hablar de Messi.

Y ahora es turno para Colombia, un día después del parto de Senegal, de mostrar cuál es su verdadero rostro en Rusia, donde ya no basta ser bueno si no se logra parecerlo.

Empieza el Mundial como si hacia atrás no hubiera esfuerzo y adelante no hubiera mañana. Es Colombia vs. Inglaterra en Moscú y la inmensa fortuna de un cuadro viable para una hazaña mejor –y peor- que la de hace cuatro años. La cuenta con el rival está pendiente hace 20 (Francia 98) y la tarea de saberse mejor no termina todavía para los jugadores de Colombia. Eso dicen.

Ahora se avanzará con los pies en la tierra y la vista en el cielo, como dice Mina, aprendiendo de lo bueno y lo malo, lo consecuente y lo coherente, lo justo y lo que no. Saberse mejor no tiene sentido si no se prueba. Y ese es el gran desafío en Rusia.

COMENTAR
GUARDAR