El insulto

El insulto

Opinión de Nicolás Samper para Futbolred.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

29 de mayo 2018 , 03:17 p.m.

En el fútbol es como un suplente que está listo para entrar cuando sea necesario. Hablar de denuestos y de fútbol es charlar de un solo sentimiento. Los gestos descorteses, las palabras soeces, las provocaciones para ver si un rival es capaz de mantener la cabeza fría en el instante en el que alguien osa decir salvajadas sobre su familia… es curioso pero siempre se hace presente, inmerso.

Proviene desde las tribunas, desde los hinchas que se desgañitan rabiosamente frente al clamoroso fallo de uno de sus futbolistas y caen como gotas de lluvia sobre el tejado del banquillo técnico incapaz de tomar decisiones acertadas en el momento justo, en el instante que se pedía mover una ficha para no quedar en jaque. Recordado es el hincha de Huracán que estaba levantando a punta de labia al uruguayo Luis Cubilla, pegado a la malla de protección. Cubilla, que era entrenador de Racing, le respondió con una peor de las que sus oídos estaban escuchando. Se rió, sacó un dulce que tenía en el bolsillo y le dijo: “tomá, los monos tienen que comer caramelos”.

El que dejó con un barniz final ensombrecido la carrera de Zinedine Zidane es famoso: lo espetó el que fue la figura de la final del Mundial 2006, Marco Materazzi. Ante tantos agarrones del zaguero ex Inter y Everton Zidane empezó a perder de a poco la paciencia y le espetó una frase: “Si quieres mi camiseta te la doy al final del juego”. Materazzi contragolpeó rápido: “prefiero a la puta de tu hermana” y hasta ahí llegó la paciencia del francés.

Otro experto en eso de provocar adversarios era Guillermo Barros Schelotto cuando era delantero. En el Monumental de Núñez tomó una pelota y le hizo un túnel gigante a Enzo Francéscoli, al prócer uruguayo de la banda cruzada. Se molestó mucho Enzo por cuenta de la jugada y le lanzó una poco reflexiva sentencia al mellizo: “sigue haciendo lo que quieras que yo tengo dos palos verdes en el banco”. Barros Schelotto, casi de inmediato, respondió: “pues con esa plata cómprate una sotana”. Nunca al maestro zen Francescoli se le vio con tanta espuma en la boca como en aquel encuentro de 1996.

Los periodistas también recibimos palazos, ya sea en el estadio, a través de las redes y en cualquier ámbito si es que una idea futbolística no es de complacencia del oyente. Calvo es el que más me lanzan a mí pero me detuve en esto, en el insulto, después de leer durante un tiempo los tweets que le responden a un periodista que se llama Pablo Carrozza, crítico de la selección de su país y de fuertes posiciones en redes sociales. A Carroza le disparan con toda, pero son insultos tan finos como hirientes y todos tienen que ver con su manera de comer. “Gordo cataclismo de harinas”, “gordo contenedor de mollejas”, “genocida de pastelitos”, “valla invicta de dietas”, “gordo quebrador de tenedores libres”, “catamarán de ácido úrico”, “baulera de sorrentinos” son entre otras los disparos que más que herir, dan mucha risa por lo cruelmente ingeniosos.

Carrozza sacó buen provecho de tanta descarga en su contra: anunció en twitter que una editorial lo contactó para escribir los mejores insultos que le han espetado en esta red y con la venta de ese dinero, se financiará un comedor infantil.

Nunca el insulto tuvo más sentido social.

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