'Armani', por Nicolás Samper

Columna de opinión sobre el arquero de Atlético Nacional

FOTO: Archivo Particular

Nicolás Samper, columnista invitado.

Junio 20, 2017

Debe ser durísimo como delantero enfrentarlo, pero de verdad. Es de esas presencias que de cuando en vez aparecen y que son capaces de quitarle el alma a cualquiera para dársela a su gente como tributo. De esa clase de futbolistas, de esos que desairan sin ser soberbios: simplemente parecen imposibles de doblegar.

Como delantero debe haber una altísima carga de frustración en eso de agotar todas las fórmulas existentes solamente con el fin de vencerlo. Es un poco como ver al coyote recurrir a todo el catálogo destructivo que le ofrece la empresa ACME para por fin capturar al correcaminos y morir en el intento. Ese es un factor en el que el arquero de Atlético Nacional parece imbatible: no solamente son sus capacidades en la portería -que basta decir que son magníficas siempre- sino en su fortaleza mental ante los momentos límite.

Es como si para él todo fuera sencillo porque hace una atajada magistral, digamos por poner un ejemplo reciente, la que se mandó descolgando del aire un balón que iba a la T lanzado por Maxi Núñez y que un portero del común tal vez no hubiera alcanzado. No es solo esa acción, la de volar y meter los dedos como último recurso de salvación. No. Es levantarse, como si nada hubiera pasado, sin drama, fuerte como Terminator, a sacudirse el polvo y seguir el juego sin jactarse de nada. Eso es frialdad bien entendida. Frialdad que hace que el adversario pierda la cabeza y se sienta a veces derrotado e incapaz a pesar de que resta mucho tiempo para que se acabe un partido.

Son tantas: el doble remate que detuvo en el partido de ida ante Millonarios, los penales que tantas alegrías le han dado a Nacional por cuenta de su agilidad y lo que ha sido su obra maestra bajo los tres palos del arco del verde: la irrepetible triple atajada en el encuentro de Copa Libertadores contra Rosario Central. Cuando el hombre de los buzos rosados quedó en el piso con la pelota en sus manos en el césped del Gigante de Arroyito, la acción siguiente fue ver la cara de los delanteros canallas. Estaban a punto de llorar como cuando don Ramón es víctima de la injusticia y no le queda otra más que el llanto como caricia para su propia desgracia, como catarsis ante lo inevitable.

Es curioso pensar en cómo llegó Armani a Colombia porque quedó enrolado en el verde luego de una serie de amistosos que jugaran los antioqueños en Argentina ante Los Andes y Merlo, club en el que él trataba de despuntar. Se fue a aguantar banca y esperar su oportunidad detrás de Gastón Pezzuti y varios lo miraban con malos ojos porque parecía absurdo que un cupo de extranjeros se gastara en un arquero suplente. Se lesionó de gravedad y aún así se aferró a su espíritu de lucha y a Dios, que es uno de sus motores. Pudo, en medio de la tormenta, remar y remar hasta transformarse en uno de los mitos bajo el arco de Nacional en toda su historia.


Por Nicolás Samper C.

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