Vida en silencio

Vida en silencio

Nicolás Samper escribe al hombre que, para él, es clave en la Croacia finalista del Mundial.

Nicolás Samper

Columnista Futbolred

Foto: A. particular

12 de julio 2018 , 06:30 p.m.

La cámara los tomó casi al tiempo. Uno, casi sin saber lo que estaba pasando a sus pies, observó a un punto fijo hasta que alguien le advirtió que estaba saliendo en las pantallas del estadio y de paso, del universo entero que estaba pendiente de la épica victoria croata. Alguien le dijo que saludara y empezó a batir la mano, en ese reflejo tan infantil que es imitar y hacer caso. El otro estaba revolcado en el suelo, con la quijada a punto de romperse por cuenta de los gritos de emoción y cerca a Mario Mandzukic, el héroe de una nación entera. Todos, incluidos él, estaban aplastando a un fotógrafo de AFP en medio de la incomparable alegría que desata un gol que da pasaporte a la final de una Cooa del Mundo. Se levantó, le pidió al fotógrafo disculpas, le estampó un beso y le frotó el pelo

David estaba en la gradería, inconsciente de lo que su padre obtenía en la cancha. Domagoj se devolvió rápido, para tratar de defender la ventaja 2-1 de su país, Croacia, ante Inglaterra. No le tocó fácil a Vida en los últimos meses: los cuestionamientos cayeron sobre él durante meses después de un partido de Champions League que jugó con su club, el Besiktas turco, frente al Bayern Múnich en febrero. Su equipo estaba mejor en el campo y empezó a retar a los muniqueses hasta que un error en salida hizo que VIda tuviera que derribar a Levandowski en el momento de encarar hacia la portería. Lo echaron e iban apenas 15 minutos. Terminaron cayendo 5-0.

Y en el mundial al celebrar su tanto ante Rusia y dedicárselo a Ucrania -por cuenta de su pasado como hombre del Dinamo de Kiev- generó que cada que que él tocara la pelota un estadio en donde había bastantes hinchas del país local no dejaran de pitarlo e insultarlo. El balón llegaba a sus pies y el sonido era el del ulular de una multitud que quería verlo perder. En esas mismas tribunas y sin entender mucho lo que ocurría, David presenciaba a ratos -de acuerdo a la atención que tiene un niño en un espectáculo de concentración como es el fútbol- las andanzas de su padre qué hay que decirlo, no fueron pocas.

Juega al borde del abismo porque se excede en rudeza, pero nunca deja nada al azar si decide ir de manera temeraria a una pelota. Ante Inglaterra fue figurón porque le tocó lidiar primero con Sterling, mucho más veloz que él, pero a quien controló a punta de quites deslizantes, y después con Kane, al que, con la ayuda del otro rudo del equipo -Dejan Lovren- fueron convirtiendo en mansa paloma.

Pocos hablaron de su magnífico rendimiento a lo largo del torneo y es injusto. Es como una especie de Trifon Ivanov millenial, si se quiere hacer la comparación con otro hombre que mereció en su momento más aplausos de los que recibió.

En defensa comandará a los croatas en pos del título frente a los franceses y deberá cubrir a las culebras de Mbappé -no tendría nada de raro que jugara de lateral izquierdo- y Griezmann. Y va a dar todo de sí, va a matarse por su camiseta con los riesgos que eso implica: puede ser tan genial como frente a Sterling o ser villano como contra el Bayern. Vida no nació en grises.

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