Miércoles 19 de noviembre de 2008 - Actualizado hace
Orlando Rojas (i), ex jugador de Millonarios.
Archivo/EL TIEMPO
futbolred.com y eltiempo.com presentan tres capítulos de un libro lleno de anécdotas de jugadores que, sin mucho talento, dejaron huella en la historia... y en las canillas de los rivales...
MANUEL CASTRO Y EL GOL FANTASMA
Santa Fe-Pereira era perfecto para llevar a los niños a un estadio de fútbol por primera vez. «Vamos a esto en vez de irse uno pa' Rodeolandia», dijeron algunos padres presentes en las graderías que, a mediados de 1989, decidieron mostrarle a sus hijos de qué se trataba el fútbol.
Era una tarde clara, el sol sacaba extraños destellos amarillos incandescentes, casi como si se tratara del mismísimo pelo del émulo del «Pibe» Valderrama, Dorian Zuluaga se hacía presente ese día en la nómina santafereña. Y cuando uno puede hacer esta comparación, significa que va a pasar algo grave.
Manuel Castro apenas había arbitrado un par de partidos en primera división y pitar en Bogotá era casi saltar a la fama. Todo transcurría con normalidad en un juego anodino porque Santa Fe andaba en plan de «brazos caídos» por una huelga ante la falta de pagos para la plantilla, y Pereira buscaba su paso al octogonal. Promediando el primer tiempo, Héctor «Rambo» Sosa entró al área pereirana y quiso gambetear al portero Reinel Ruiz. El balón quedó en las 5,50 y Héber González rechazó el peligro con la tranquilidad de quien juega en la oruga verde de Rodeolandia.
La pelota siguió su curso, todo estaba perfecto, pero Castro señaló el centro del campo. Para él, que se encontraba lejos de la jugada, había sido gol. Su juez de línea, Liborio Candanoza se equivocó y no supo qué decir. Mientras tanto los hombres inocentes y candorosos del Pereira se transformaron en el Galatasaray: los de la Perla del Otún, como si fueran hijos de Alí Agca, se fueron a romperle el papamóvil (y la crisma también) a Castro que, confundidísimo, desataba uno de los sucesos más ridículos del fútbol colombiano.
El «Rambo» Sosa, coprotagonista de la escena, salió con el caradurismo argentino exacerbado a celebrar el «gol» con Armando «Pollo» Díaz. También lo acompañaron en su festejo los «pollos» escupidos por miles de hinchas de su propio equipo, avergonzados por completo por su estupidez y falta de espíritu deportivo.
Muchos fanáticos se fueron de las graderías y otros le dieron la espalda al campo como señal de protesta. Como en esos tiempos el «juego limpio» no era tan corriente, el partido continuó como si no pasara nada. Santa Fe ganaba 1-0. Finalmente Pereira terminó empatando 1-1 con gol de Didí de Souza.
Como consecuencia de este suceso, Manuel Castro nunca olió más un camerino para árbitros y el Pereira perdió un punto valioso en pos de su lucha por entrar a «los ocho», cosa que no ocurrió finalmente.
Es que, claro, el torneo de 1989 fue un monumento a la absurdez: el goleador del campeonato fue un volante de marca, Héctor Méndez, y su equipo, Pereira, ni siquiera clasificó al octogonal.
Se jugó un bodrio monumental paralelo al rentado nacional llamado Copa Colombia que ganó Santa Fe, venciendo 3-0 en la final al Unión Magdalena. No hubo campeón de liga porque mataron al árbitro Álvaro Ortega...
Definitivamente los padres que llevaron ese día por primera vez a sus hijos al estadio fueron afortunados: le mostraron a su descendencia lo que es verdaderamente el fútbol.
EL HIJO DE HERODES: ORLANDO ROJAS
Vio la luz de la vida el Día de los Inocentes de 1963, pero perfectamente pudo haber sido el verdugo de Herodes si hubiera nacido en esos tiempos en los que el perseguidor de Jesús mataba niños por doquier para no perder su trono. Eso sí, seguro que Herodes en Belén de Judá tal vez jamás hubiera confundido la imagen de Jesús con la de Orlando, y seguramente no habría tenido miedo en incluirlo dentro de sus huestes.
Es que, para ser sinceros, no tenía muchos atributos para jugador, sí para mercenario de Vietnam. Nunca nadie vio en un estadio la pierna tan arriba para defender y jamás se tuvo tan cerca el temor a la muerte por atropellamiento dentro de una cancha. Rojas jugó la mayor parte de su carrera en el Unión Magdalena y tuvo un inolvidable paso por Millonarios, en tiempos en los que el equipo azul contrataba jugadores costeños por doquier.
El zaguero samario, que en los córners metía codazos quirúrgicos en la cara de sus rivales, fue odiado en Bogotá porque era abonado a dejar a su equipo con 10 cada vez que se lo proponía(es decir, en el instante mismo en el que no podía controlar su fuerza ante el adversario, es decir, siempre).
Incluso, cuando no pegaba, era expulsado por protestar: en un encuentro contra el América se quiso disfrazar de tribunero y el experimento le salió caro. Tras protestar una amarilla con la que se le había sancionado una falta digna de recibir una caución en cualquier comisaría, se levantó y extendió sus brazos, agitándolos fuertemente hacia las graderías, repletas de hinchas furibundos. El juez de ese entonces lo sacó de la cancha por provocar al público.
Rojas encontró una habilidad: era un genio para volarse cuando su equipo estaba concentrado. Jorge Luis Pinto comentó que una noche en Santa Marta lo dejó en su casa a las 8. Al otro día llegó el hermano de Rojas llorando al entrenamiento bananero diciendo que su hermano, el gran Orlando, había fallecido en un accidente de tránsito. En efecto, el auto quedó vuelto añicos, pero Rojas no iba dentro de él.
La imagen del depredador se fue apagando hasta que un día en Bogotá, se le vio de pelo corto y cara caballesca, dirigiendo un interinato del Unión que después se fue a la «B». Casi no se le reconoce. Si la Interpol futbolística estuviera tras su rastro para capturarlo por crímenes pasados, con ese look, nunca lo hubieran atrapado.
SCHOMBERGER TIBOCHA
Por donde se le mire era un bicho raro. A su nombre y apellido foráneos (su familia paterna provenía de Austria) se sumaba el estrato que figuraba en el recibo del teléfono de su hogar. Pese a esto, no encajaba en el estereotipo de futbolista acomodado y con apariencia de modelo. Nada de eso. Su interés por la ingeniería
electrónica y los sistemas lo hacían parecer un niño genio a quien la providencia había bendecido otorgándole la misma dosis de talento en la cabeza y en los pies. Además de bogotano, no tenía problemas en declararse hincha de Millonarios, lo que le permitía ser visto por los fanáticos como «uno de los nuestros» que había bajado de las gradas para ponerse los cortos y redimir al equipo.
Por su singular perfil, y también por su talento, desde temprana edad Hans Schomberger Tibocha llamó la atención. El rumor de la aparición de una exótica estrella juvenil no tardó en esparcirse por los corredores de El Campín. Dos años antes de su debut ya se hablaba de «un chino con apellido raro que va a ser un figurón».
En efecto, su ascenso fue meteórico. A comienzos de 1999 Jorge Luis Pinto lo tuvo entre las novedades juveniles de la pretemporada. Tenía para ese entonces 18 años y era la edad justa para cumplir con la naciente norma que obligaba a que un jugador menor de 20 años estuviera, así fuera un minuto, en el campo de juego.
Todo estaba listo para su esperado debut. El día escogido fue un domingo en que a Millonarios le correspondía enfrentar al Atlético Huila en Bogotá. Faltando pocos minutos para el final, el partido estaba empatado y del banco azul brincó un joven de cabellera rubia, lacia y abundante en forma de hongo con la camiseta 26. Para ser sinceros, fue un debut más bien modesto y que en algunos pasajes dejó ver algunas leves pinceladas de su talento.
No obstante, el «monito» con apellido raro inmediatamente llamó la atención de la prensa deportiva que no tuvo problemas en sobredimensionar su debut. Muchos noticieros le atribuyeron a él la jugada del gol de la victoria azul cuando el balón pasó por sus pies varios minutos antes de penetrar el arco opita. Su origen austrohúngaro salió a relucir en las tradicionales ¿y algo invasivas¿ notas que se le hacen a los nuevos valores y no fueron pocos los excesos que en ellas se vieron: «el niño cantor de Viena», «el nuevo Mozart del balón», fueron los más repetidos.
Después de su debut, solía ingresar al terminar los partidos y nunca fue titular indiscutido pese a que, en varias ocasiones, mostró con fútbol el porqué de tanta expectativa alrededor de sus condiciones. Cuando parecía que por fin iba a cuajar, una pubalgia lo alejó un buen tiempo de las canchas. Tiempo durante el cual su compañero de camada, Andrés Chitiva, le dio buen uso al cupo que Hans dejaba libre como Sub 20 ocupando también su espacio en el corazón de la hinchada.
Cuando apenas se recuperaba, a comienzos del 2000, fue transferido a la filial del equipo español Racing de Santander. El manejo que se le dio a una transferencia, que desde el comienzo sólo arrojó dudas, hizo que Hans viviera días difíciles en Europa.
Decepcionado, regresó a Colombia y tomó la decisión de abandonar el fútbol y dedicarse de lleno a sus estudios de ingeniería electrónica. Sin tantos ojos encima, pudo desplegar su talento en los torneos interuniversitarios como figura estelar del equipo de su facultad.
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